domingo, 17 de julio de 2016

Sobre el futuro de las bibliotecas y los libros en papel.

        Supongo que sobre este asunto se habrán escrito millares de artículos y se habrán expresado no menos opiniones, no creo que aporte nada nuevo; sin embargo, quiero hablar de un caso concreto, una distopía concreta.
            Trabajo en una biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid. Hace unos días se dio una charla sobre una plataforma de libros electrónicos. Desde la dirección de la biblioteca se animó a la asistencia y se recomendaba la asistencia con mucho interés. Yo no fui, me quedé con una compañera a la devolución; tampoco tenía mucho interés. Luego me enteré de que la introducción de los libros electrónicos era algo que se fomentaba desde la dirección de la biblioteca UCM. Desconozco los motivos, aunque me los puedo imaginar. Reflexionando, precisamente sobre esos motivos, he llegado a varios pros y contras. Empiezo por los pros:
-          A priori es más ecológico. No se gasta papel, no se talan árboles para imprimir libros. Si esto fuera verdad, sería estupendo, pero tengo la ligera sospecha de que para fabricar los soportes de lectura electrónica y las máquinas que hagan posible el proceso, se talan árboles y se contamina igualmente, si no en peor grado. Pero como vamos hacia un mundo en el que todo el mundo tendrá uno de estos soportes… bueno, dejémoslo ahí.
-          No se deteriora. Lo malo de una biblioteca de estas características (universitaria) es que los libros sufren mucho. Por el tránsito, el uso, el tiempo, simplemente. Eso implica comprar más ejemplares, renovarlos, mantenerlos y repararlos, lo que aumenta el gasto. (Quizá una mejor educación en el trato al libro ayudaría algo a solucionar este problema)
-          Todo el mundo tendría acceso al libro. Las bibliotecas no pueden disponer de un ejemplar por alumno de cada libro que se posee, es inviable. Con el libro electrónico todo el mundo tendría acceso al contenido, cuando quisiera, como quisiera, sin depender de horarios de apertura y cierre y sin depender de si un irresponsable ha devuelto o no el libro en el que estaba interesado. (Insisto en la educación).
-          Economía, que es el principal motor de algunas personas. En un principio, al pagar un libro electrónico, se ahorraría dinero. Un ejemplar electrónico vale por muchos en papel, es así. El que no se deteriore y no haya que mantenerlo ni tener un espacio físico para él, también ayudarían al ahorro. Un libro electrónico es caro para este tipo de usuarios como lo es la UCM. Hay que tener en cuenta que las empresas son conscientes de que ese libro va a ser leído por mucha gente, no van a perder dinero tampoco; y esos contratos se renuevan constantemente. Habría que hacer un estudio sobre si resulta económico o no, eso lo desconozco, pero seguro que los hay.
-          Espacio, el eterno problema de las bibliotecas. Evidentemente, al usar el libro electrónico nos ahorramos el espacio, solo haría falta un buen sistema que pueda soportar el peso del libro y que garantice el acceso a este de forma remota (este es otro asunto). No habría estanterías abarrotadas a punto de desmayarse por la excesiva carga. No se necesitarán espacios enormes.
-          Libros sin subrayar, listos para cuando uno quiera. No se acumularían ediciones antiguas, se renovarían automáticamente, siempre al día.
Ahora las contras:
-          Hasta donde yo sé, por lo que los propios usuarios nos han hecho llegar, los libros en formato electrónico no gustan. Ya sea por la vista, mirar fijamente un ordenador o una tablet, cansa, lo sabemos. Ya sea por la cuestión de la memoria visual, ¿cuántos no hemos recordado en un examen la página exacta y el lugar exacto del párrafo del que queremos hablar, porque lo hemos visualizado en la cabeza? El hecho de tener que pasar páginas, de que sea diferente cada momento, ayuda al estudio (al menos eso es la sensación que tengo). Ya sea por la nostalgia y por no depender de un aparato electrónico constantemente (los libros no se cargan), el papel se prefiere.
Poco más que decir en contra del libro electrónico, solo atendiendo a enfrentar un formato con el otro, pero si vamos más allá, las contras se hacen extensas. Pensemos en las consecuencias que tendría a largo plazo la sustitución mayoritaria o total del libro de papel por el electrónico. Todo lo que voy a decir son suposiciones mías. Yo no creo que haya un plan pensado específicamente para que esto ocurra, espero, pero ni las bibliotecas ni la figura del bibliotecario serían iguales, por no decir, directamente, que desaparecerán.
      Las bibliotecas se convertirían en simples depósitos de libros anticuados, que se habrían quedado congeladas en el último año en el que se incorporó un libro a sus estanterías, por ejemplo el 2016, nada más allá de esa fecha. Con la tendencia a la conservación mediante la digitalización (bienvenida es), los libros anteriores se digitalizarían en su totalidad, por lo que la biblioteca pasaría a ser un simple depósito de libros.
Conociendo al ser humano, si podemos disfrutar del libro sin tener que movernos lo haremos. No creo que haya mucha queja si la oferta de libro desaparece por el electrónico, creo que la gente se acostumbraría y acabaría cediendo a la comodidad más inmediata. Por lo que ni si quiera iría mucha gente a consultar los libros del depósito. Bien, la biblioteca como tal desaparecería. Hay también cierta tendencia a la creación de bibliotecas sin libros, que son solo salas de estudio. Eso no es una biblioteca que quede claro, son eso, salas de estudio y no tienen por qué estar unidas a una biblioteca. Una biblioteca tiene que ser un lugar donde se presten libros, donde se consulten libros, donde alguien pueda llegar y sentarse a leer, simplemente. Un templo del saber, del saber a través de los libros. Un depósito de libros, que los acumula sin más, en el que no hay interacción entre humanos y libros, es un depósito, no una biblioteca.
Si esto ocurriera, los bibliotecarios sobrarían, pasarían a ser otra cosa. Para mantener los libros on-line no serían necesarias  muchas personas y desde luego no serían bibliotecarios, sino informáticos o personas formadas en ese tipo de sistemas.

En resumen, todo sería muy triste. Creo que no se va a dar esta distopía de la que hablo, pero me parece un riesgo que está ahí. Quizá, por resultar en un principio imposible, no caemos en que si se fomenta solo el libro electrónico en detrimento del de papel, llegaremos a la distopía infeliz, triste, de un mundo sin libros de papel, sin bibliotecas, sin gente leyendo un libro en papel en el metro, o en los parques, solo gente mirando pantallas. Esa sonrisa que te sale cuando lees el título de algún libro que otra persona lee, no se dará. En resumen… algo triste. Creo que tiene que haber una conjunción entre ambos y me cuesta creer que se va a perder el libro en papel, pero en los colegios cada vez se ven menos. Llegará el momento en el que un niño no sepa lo que es un libro en papel y me parecerá muy triste. 

miércoles, 20 de abril de 2016

Sobre "Sócrates. Un hombre de nuestro tiempo" de Paul Johnson.

“Sócrates. Un hombre de nuestro tiempo” de Paul Johnson, 2012, Avarigani. Traducción e introducción de Juan José García Norro.

Quizá debería aprovechar las lecturas que estoy haciendo para mi TFM para realizar algunas reseñas o comentarios a los libros que tengo entre manos. En el caso de “Sócrates. Un hombre de nuestro tiempo”, es para advertir sobre él.
 Se me puede preguntar “¿Y tú, con qué criterio puedes opinar sobre alguien si no eres nadie?”, pues efectivamente no soy nadie, pero puedo, al menos, comentar desde la perspectiva de un estudiante, si un libro nos es útil o no. Sobre todo fijándonos en la parte más formal de la obra, porque nosotros, los estudiantes, tenemos una gran presión sobre qué componentes debe llevar una obra científica o de investigación seria. Por ejemplo, y esto me lo enseñaron desde primero de carrera, toda obra seria debe llevar lo que se llama “aparato crítico”. Es decir, bibliografía (sobre todo) y notas o citas que referencien lo que se dice. Cuando en una obra no-literaria o no de ficción, no aparecen alguno de estos dos elementos, debemos dudar. No siempre, y es cierto, es necesario, pero es recomendable, sobre todo si estás constantemente haciendo referencias a otros autores, debes citar de dónde has sacado esa información.
Este libro que digo, de un historiador británico, Paul Johnson, carece de eso que he llamado aparato crítico. Bueno, al final del libro hay una sección que se llama “lecturas posteriores”. No entiendo muy bien qué pretende decirnos con eso ¿que ha leído después de escribir todo el libro, algunas cosas que le dan la razón? Son un conjunto de obras, recogidas en dos hojas, muy generales de donde se supone que debería haber sacado la información, o están a mero título informativo, no lo sé muy bien.
A lo largo del libro no hay ni una sola cita ni referencia exacta a ninguna fuente. Habla de Platón y sus diálogos, nos copia trozos enteros de los mismos, pero no cita ni la página, ni la edición que ha escogido y a veces, ni si quiera la obra a la que pertenecen. Platón y tantos otros. En alguna parte recoge las frases más famosas de Sócrates y no sabemos dónde tenemos que ir a buscarlas, porque no sabemos de dónde las ha sacado. Por poner. un  ejemplo.
Por otra parte, el contenido. Bueno, es la apología de una persona mayor que siente simpatía por el personaje. Respetables sus opiniones como otras cualquiera. Se pueden matizar muchísimas cosas que comenta. Otras, puede que sean directamente erróneas. Pero jugamos con un personaje con el que es fácil poder opinar libremente sin que nadie te pueda decir a ciencia cierta qué es verdad y qué no. Cada uno puede interpretar a Sócrates como le viene bien, es así. La lectura que hace de Sócrates es altamente positiva, mientras que acusa a Platón (Pp.20-21) prácticamente de asesinato y de “cometer una de las acciones más carentes de escrúpulos de la historia intelectual”.
El autor se afana en demostrar que Sócrates era altamente piadoso, de algo a lo que llama Dios, que en general es llamado daimon. Lo compara con personajes religiosos como Tomás Moro, por la piedad precisamente. También insiste en que Sócrates era un filósofo desclasado, un demócrata desclasado. Esto hay investigadores muy serios que lo discuten, pero, de nuevo, volvemos al debate sobre la diferencia entre Platon y Sócrates.
En resumen, es un libro, otro más que habla de Sócrates, muy generalista, que pretende defender históricamente a Sócrates, diferenciarlo y separarlo de Platón y hacer de él un referente moral para la actualidad. Esto último ha proliferado mucho estos últimos años. Son bastantes ya los libros que hablan sobre Sócrates que han salido en estos últimos, pongamos, diez años. Pero eso es un tema aparte.
No deja de sorprenderme que alguien, en apariencia, por lo poco que sé de él, como Paul Johnson haga un libro tan flojo en la forma. y el. contenido. Aunque, viendo que su mayor actividad profesional ha sido la del periodismo, quizá no se pueda pretender tampoco exigir lo mismo que nos exigimos los historiadores de  estudio y vocación y, esperemos, profesión.
No me siento cómoda criticando de forma negativa una obra, sobre todo por lo que decía al principio, no soy quién. Entiendo el esfuerzo que lleva escribir un libro y creo que las intenciones son buenas, pero, no es un libro que recomendaría así como así. Con todo, solo por el hecho de dedicarle un tiempo a Sócrates, ya se lo agradezco. Entiendo que la pretensión del autor no era publicar una obra de tipo científico o de seria investigación sobre Sócrates, sino hacer una especie de ensayo, de comentario sobre el mismo. En tal caso, como he dicho arriba, el aparato crítico no es obligatorio, pero me sigue pareciendo algo más que recomendable.

martes, 24 de noviembre de 2015

Sobre el respeto por lo público.

El otro día leí un artículo que hablaba sobre por qué los niños japoneses tenían que limpiar sus colegios, como parte de su educación. Aquí el link a la noticia de la BBC.

«“En la escuela, un alumno no sólo estudia las materias, también aprende a cuidar lo que es público y a ser un ciudadano más consciente”,  explica el profesor Toshinori Saito.»

«"Desde tiempos antiguos, las escuela y los maestros son respetados. Los alumnos aprenden a cultivar un sentimiento de amor y agradecimiento hacia la escuela", dice Emilia Mie.»

Este artículo fue escrito para los lectores de Brasil, pero creo que vale igual para los españoles. Es evidente que hay un problema en lo que respecta al respeto por lo público, creo que todos podemos poner varios ejemplos enseguida. Pero en este artículo se habla de dos cosas importantes: lo público y el respeto a los profesores. Voy a hablar solo del respeto por lo público, porque lo de los profesores merece un escrito aparte.

Trabajo en una institución pública, en una biblioteca. Como bibliotecaria me toca ordenar los libros de las estanterías. Se me cae el alma cuando los veo destrozados, tirados, rotos…Hacemos lo que podemos poniéndoles celo, forrándolos, pegándolos…Pero nada, es inútil, muchos están en mal estado.

Me enfada mucho cuando les veo entrar como energúmenos, corriendo a coger los libros, sin importarles que se caigan, que sus hojas se arranquen… Me dan ganas de decirles “Si tratáis así a los libros no quiero ni pensar cómo tratáis a las personas”. Porque sí, de verdad que tiene mucho que ver el cómo tratamos un bien que es de todos, con cómo tratamos a las personas, porque también nosotros somos un bien de todos.

También me cabrea mucho la gente que trae los libros con mucho retraso y sobre todo dos casos: a los que, encima, les importa un carajo y los que lo entregan tarde cuando tienen una reserva de otra persona. No sé a vosotros, pero a mi me parece una falta de respeto tremenda por lo público y por los demás. Me he visto muchísimas veces perjudicada por personas que no han entregado el libro cuando debían hacerlo.

Pero el artículo habla de la limpieza y seguro, seguro, que recordáis a alguien tirando cosas al suelo, escupiendo, destrozando lo que es de todos y que habéis escuchado la siguiente frase “es que sino lo hago los barrenderos pierden su trabajo, que para eso están, para limpiarlo”. Os suena ¿verdad? He visto a madres y padres decirle a sus hijos “Nah, tíralo al suelo” ante mi estupor…

Creo que todo viene de un fallo bastante gordo en la definición que tenemos de lo público. Lo público no es eso que está para servirte a ti, como individuo, no es tuyo. ¡Oh!, espera, sí, sí que es tuyo, porque lo pagas, como los demás. Es tan tuyo, como mío y yo lo mío lo cuido, porque es mío, porque quiero que me dure y disfrutarlo y que esté bien. ¿Vosotros no?

Se produce una duplicidad curiosa. Lo público me sirve a mí, pero no es mío, porque yo no lo he pagado (irónico) directamente, por lo tanto no lo considero de mi propiedad y eso me da permiso para no tratarlo como si fuera algo que hubiera adquirido yo directamente. ¿No os parece un tanto extraño? ¿No pensáis en un montón de ejemplos? La corrupción en la política también responde a este planteamiento, si lo pensáis. Robo dinero público, porque no es mío directamente, y como no es mío directamente lo puedo robar sin sentirme culpable… (es el colmo de la desfachatez). Pero esto da para una tesis. Volvamos al artículo.

Habla de limpieza, habla de niños que son educados en el respeto por su espacio compartido. ¿Os parece mal que la limpieza forme parte de su formación? ¿No creéis que eso les hace ser más conscientes de que lo que usan es tanto suyo como de los demás y que por tanto es conveniente cuidarlo?

Pero en la misma noticia habla del intento por aplicar ese tipo de educación en Brasil y el fracaso por la denuncia de abuso. No creo que a esos niños les haga ningún mal limpiar lo que ensucian, sobre todo porque no sustituyen en ningún caso a las personas que limpian, que probablemente usen productos más específicos de limpieza. Por las fotos creo que los niños solo pasan la escoba y la mopa, pero que no juegan con productos químicos.

Cuando voy a algún baño y veo que está lleno de pis, fuera de la taza, todo lleno de papel, sucio, etc. pienso, vaya, si lo tuviera que limpiar la misma persona que lo ha hecho seguro que tenía más cuidado ¿no creéis? Las personas que limpian no tienen por qué limpiar tu mierda, están para desinfectarlo, para poner papel higiénico, u otras cosas, pero sinceramente creo que limpiar determinadas guarradas puede evitarse…

Madrid tiene una cantidad de papeleras tremenda, de las ciudades con más papeleras del mundo, seguro. Y sin embargo, no es raro encontrarte porquería por ahí repartida, incluso cerca de una papelera.

Recuerdo en Italia, en un botellón en una plaza, que había solo unos contendedores. Bien la mayoría de la gente se levantaba y tiraba sus botellas al lugar correspondiente. Las únicas personas que no lo hicieron de toda esa plaza fueron españoles, que pasaron de levantarse a tirarlo y lo dejaron en el suelo y encima, después de destacar lo limpia que era la gente. En los pocos botellones que he estado, me ha llamado siempre la atención la desidia, la actitud vaga y perezosa de la gente, que teniendo contenedores a 5 metros, preferían tirarlo al suelo. ¿No creéis que si se limpiara todo después de terminar el botellón no habría tantos problemas para que dejaran celebrarlo sin problemas? Porque no hace falta más que venir un viernes por la mañana o un lunes por la Universidad para ver el asco que da e ir intentando no pisar los cristales, las botellas, las bolsas de plástico y ver los contenedores casi vacíos al lado.


Que hay un problema grave de respeto a lo público, creo, que es indiscutible. Solucionarlo, no sé, a mi no me parece tan complicado. ¿Qué opináis?

martes, 3 de marzo de 2015

Sobre la valentía.

Proliferan últimamente muchos testimonios de personas que han conocido o tratado a Ángel Gabilondo, pues yo, no voy a ser menos.

Tuve la fortuna de encontrarme con él hace una semana cuando salíamos los dos de nuestras respectivas clases. Él como profesor, yo como alumna de Máster, nos encontramos en el pasillo y no pude resistir la tentación de dirigirme a él, para darle la enhorabuena por su elección/decisión de ponerse al frente de la candidatura del PSM, para las próximas elecciones.

Fueron cinco minutos, no mucho más, lo que tardamos en recorrer el pasillo hacia la puerta, que abrió él y sostuvo para que pasara yo primero, (todo un caballero) salir de la facultad y despedirnos, al tomar caminos diferentes. Pero esos cerca de cinco minutos me resultaron provechosos reflexivamente hablando. Me dio un montón de temas sobre los que pensar. Uno de ellos la valentía.

El tema salió cuando me preguntó mi nombre, “Andrea”, le dije. Él me contestó diciéndome que era un nombre bonito, yo, que eso era relativo, pero que al menos el significado que yo le daba sí me gustaba. Me preguntó por el significado y yo le conté que en griego existe una palabra andreia escrita en alfabeto latino, que significa valentía. Normalmente se vincula mi nombre a andros, que significa hombre. Cuando descubrí en el instituto andreia me pareció más lógico vincularla a mi nombre, puesto que solo habría perdido una letra y era una palabra femenina, aunque vinculada solo a los hombres, que eran los únicos que podían demostrar la valentía, puesto que eran los que guerreaban.

Curiosamente en euskera significa mujer. Es gracioso, porque en Grecia es un nombre de hombre y tiene sentido su significado masculino, mientras que en España es nombre de mujer, como la palabra en euskera. En castellano siempre se me ha dicho que es simplemente el femenino de Andrés, que de hecho es mi santo. No sé si los filólogos estarán de acuerdo o no, pero a mí me gusta más el sentido que yo le he dado, así que es con lo que me quedo.

No le solté exactamente este sermón, pero el resumen sí. Terminó la conversación sobre este tema cuando salimos a la calle, momento en el cual íbamos a tomar cada uno nuestro camino, yo hacia el tren, él, hacia el parking o el autobús, no lo sé. Pero antes de despedirnos, se paró, me miró y me dijo algo así como “No entiendo por qué últimamente todo el mundo me llama valiente”. No recuerdo la frase exacta, pero la idea era esa, por qué le llamaban valiente por haber tomado la decisión de presentarse como candidato. A mi lo único que se me ocurrió en aquel momento fue decirle, que me parecía normal que se lo dijeran, porque teniendo en cuenta los tiempos que corren, pensando en el panorama de la política actual, es de valientes meterse en un fregado voluntariamente. Él me dijo que no era valiente, sino que tenía convicciones, convicciones de que podía hacer algo bueno con su decisión. Lo comparto, aunque me sonó panfletario y fue lo que menos me gustó de la brevísima conversación.

Más tarde, en el tren de camino a casa y durante esta semana, le he estado dando vueltas a la conversación y he descubierto que fallé en la respuesta, fui muy obvia, cuando quizás me pedía ir más allá. Y creo que he llegado un pelín más allá.

Relacionado con acontecimientos recientes de mi circunstancia vital, me di cuenta hace tres o cuatro semanas, de que había perdido la valentía para reclamar mis derechos, la razón, cuando la tenía y no permitir que pasaran por encima de mi. Me di cuenta de que había perdido el espíritu guerrero y luchador que tuve durante el colegio y el instituto, donde montaba huelgas que secundaba solo yo, cuando había algo que no me gustaba. Protestaba cuando consideraba que algo no estaba bien o perjudicaba a los demás. Pero desde que entré en la Universidad me he dejado arrastrar y me he dejado caer, hasta el punto de preferir dejar mis estudios a tener que meterme en líos de denuncias y reclamaciones. De no ser por mi familia, amigos y mis maestros, me hubieran comido, aún teniendo yo la razón, como se ha comprobado.

Tras este mal trago caí en la cuenta de que no quedaba en mi nada de lo que había de joven. Con la edad también se calma uno, pero lo de no dejarte pisar deber ser algo que se tiene siempre.

En definitiva, la conversación con el profesor Gabilondo y mi experiencia me llevaron a plantearme qué era en realidad ser valiente y coincido ahora con el profesor, él no es valiente por haberse presentado. Será valiente, seguro para muchas otras cosas, pero en este caso, no, no lo es.

La valentía creo que la aplicamos a personas que se enfrentan a algo que da miedo, puede hacer daño o causar pérdidas, incluida la propia vida. El profesor Gabilondo no va a perder la vida, ni su trabajo, ni su familia, ni creo que le vayan a hacer daño (espero). Como mucho perdería tiempo y eso no implica la valentía sino capacidad para posponer otras cosas, y tampoco creo que lo vaya a perder. Tampoco se mete en una situación que de miedo, a priori. Todo personaje público está expuesto al insulto, al ataque psicológico e incluso a veces físico, pero no veo al profesor Gabilondo posible víctima de esto, tampoco creo que le afecte en demasía el insulto. A demás, ya es un personaje público, no cambia en esencia su estatus en la sociedad, es alguien conocido, que fue ministro…

Entiendo a la gente que le llama valiente, porque cuando nos ponemos en su lugar nos parece una empresa, la que toma, difícil, costosa, y ante la que yo, por ejemplo, no sé si me vería con fuerzas con todo lo que hay a mi alrededor. Pero yo soy un ser anónimo, no estoy metida en política, no aspiro a eso. Quizás otros me llamen valiente por hacer otro tipo de cosas que para mi no suponen ningún riesgo aparente. No lo sé.

Le llamaría valiente si como exministro de educación y cultura apareciera en Irak a tirar de las orejas a los que han destruido piezas arqueológicas o quemado libros. Eso no sé si es valentía o temeridad, el justo medio aristotélico lo decidiría. Valientes son los bomberos, que se meten en el fuego, eso les causa daños y pérdidas, pero lo hacen. Valiente es el que se tira al río o al mar a salvar a otra persona o a un animal, porque puede acabar con su propia vida. Son situaciones que ponen en riesgo a la persona y que atentan contra el instinto de supervivencia. Así lo veo yo.

Hay otros tipos de valentías, no tan radicales, por ejemplo, la valentía de declarar el amor hacia otra persona. Cuando tomas la decisión, sabes que puedes resultar dañado e incluso perder a esa persona de tu vida. La valentía de opinar cuando estás en un contexto en el que sabes que se te va a reprochar. Valientes han sido, y por desgracia algunos lo siguen teniendo que ser, aquellos que se inscriben bajo el LGTB. Y son solo algunos ejemplos, de miles.
No siempre la valentía implica algo físico, a veces es solo emocional, aunque hace daño igual.

La decisión tomada por el profesor puede llevarle a disgustos, desavenencias, etc. que pueden tener una repercusión física y desde luego que será así, veremos el desarrollo de las ojeras y la cara de cansancio. Es un reto, es algo que le hará emplear tiempo, que tendrá que quitar a otras cosas, pero, objetivamente, no creo que exista un riesgo real, es más, creo que es una experiencia que le va a dar más que quitar.

No es que esté llamando cobarde al profesor, no. Uno es cobarde cuando ante una situación en la que se requiere valentía, no actúa conforme a ella. En este caso es que no existe tal situación, a priori.

Me puedo equivocar, como siempre. Puede que mi pensamiento en realidad se halla quedado igual de corto que antes, o más que probablemente, más corto. Siempre hay muchas formas de ver las cosas y de actuar frente a ellas. Yo admiro la decisión del profesor, porque sí, me parece que hay que tener ganas de meterse ahora en campañas electorales, pero, si alguien tiene la capacidad de hacerlo, si alguien siente que puede aportar algo positivo a la situación política de España, que es vergonzosa, ¿por qué no? Parece casi obligatorio ¿no? Me parece loable y estoy encantada con su decisión, precisamente porque considero que sí es una persona que puede aportar razón, lógica, educación, valores, etc. a un panorama político donde prima la chabacanería, la sinrazón, el insulto,… en definitiva, una vergüenza.


        Con todo, gracias profesor por esos cinco minutos. Espero que nadie se sienta ofendido, no hay motivos para ello. Yo he sido cobarde en algunos contextos, pero ser consciente de ello también me ha permitido tenerlo en cuenta. Para otras cosas, soy valiente, aunque eso me haya hecho daño. Es decir, parafraseando a Ortega, somos nuestra circunstancia y hay que salvarla. El justo medio aristotélico no es una mitad exacta. Dependiendo de cada circunstancia se requerirá más de una cosa que de otra. El exceso de valentía es la temeridad, que no es buena. La falta en exceso de valentía nos lleva a la cobardía, que no es buena. Pero entremedias, hay un montón de matices que se adaptan a la realidad de cada momento.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Sobre el Mito de la Caverna


 El mito de la caverna es ese famoso relato platónico, escrito en el libro VII de su República, que cuenta cómo un grupo de personas está dentro de una caverna, encadenadas desde su nacimiento y obligadas durante toda su vida a mirar en una sola dirección. En esa dirección hay un muro donde otros humanos proyectan sombras de diferentes objetos, animales, etc. a su placer. El diálogo se produce entre Sócrates y Glaucón, al que hace repetidas preguntas e intenta que se imagine la situación de estos prisioneros. A la espalda de estos prisioneros hay un camino de salida al exterior, que no pueden ver si no son liberados de sus cadenas. El diálogo hace reflexionar sobre qué pasaría si esos humanos encadenados, a los que se les ha mostrado sombras de objetos como única realidad posible, ante la ausencia de otra, qué pasaría si fueran liberados y llevados al exterior. ¿Qué pasaría cuando vieran a los otros hombres proyectar la sombra de los objetos a su antojo? ¿Qué pasaría cuando ascendieran y se les deslumbraran los ojos ante la luz natural, que nunca han visto? ¿Lo asumiría con gusto? ¿Protestaría? El dolor que le va a suponer adaptarse a eso, ¿Lo acogería con buen gusto?  Y una vez maravillado por la verdad, por el mundo real, ¿Qué haría? ¿Volvería a contárselo a sus compañeros de cautiverio? Resumiendo el relato, porque no es mi pretensión hacer ahora un análisis sobre el mismo, la persona que consigue salir, no sin esfuerzo, decide volver a la caverna para relatar lo visto arriba. Cuando baja sus ojos no se han adaptado a la oscuridad y parece torpe. Cuando comienza a relatar los demás no le creen porque la única realidad que han visto es la reflejada. Al verle torpe y diciendo cosas en apariencia ficticias, no le creen. Si les obliga a salir, notarán el dolor por la nueva claridad y rechazarán esa misma, llegando a matar al que ha descendido a la caverna.

 Es evidente el paralelismo a la vida de Sócrates. Sócrates es uno de los que han conseguido subir y decide volver para enseñar lo que ha visto. Pero al hacerlo le cuesta la vida. Sin embargo recientemente me han presentado este mito desde una perspectiva diferente. Normalmente este mito se relaciona con la teoría del conocimiento platónico, esta vez me lo han presentado como algo puramente político. Ha sido en la asignatura de Historia política e intelectual de Roma. En esta asignatura vimos que el mito se podía aplicar a las reformas políticas que algunos llevaron a cabo. El ejemplo que pusieron fue el de las reformas de los Graco. Los Graco habrían recibido esa luz, esa verdad al entrar en contacto con la cultura griega, que les haría revelado una forma diferente de hacer las cosas, y una vez adquirida, volvieron a bajar para adaptar esas ideas al mundo romano. La resistencia fue mucha, pero marcaron un momento importante en la Historia de Roma.

 En teoría el que sale fuera tiene la obligación de volver y enseñar, en el sentido político, tienen la obligación de participar en política para sacar de la caverna a sus conciudadanos, sea cual sea el fin. Y aunque en apariencia no tengan relación y hayan pasado muchos años, quiero hacer un paralelismo con algunas figuras de la Generación del 14 española.

Aprovechando su centenario han sido numerosas las conferencias, exposiciones, etc. que se han llevado a cabo este año 2014. En las dos últimas que he estado en el Ateneo de Madrid: la primera sobre los médicos y científicos ateneístas (a cargo de Antonio López Vega y Antonio Moreno) y la segunda sobre los filósofos y educadores ( a cargo de José Luis Abellán, Ciriaco Morón y José Luis Mora), revoloteaba la idea del fracaso generacional que suponen. La primera generación que tenía tanto intelectuales científicos como intelectuales de letras y a cuya cabeza se ponía un joven José Ortega y Gasset. Esta generación que abogaba por la europeización de España, que luchó por traer los avances científicos y las reformas necesarias para hacer de España un país moderno y adaptado a Europa, se encontró con un contexto histórico terrible: la Primera Guerra Mundial, en el mismo 14 y la Guerra Civil, después en el 36, que acabó con todo el trabajo realizado de un plumazo. Poco se podía hacer ante las tiranías y el desastre humano. Antes de que esto aconteciera, y aprovechado la neutralidad española en la primera Gran Guerra, bajaron a la caverna. Como bien es sabido Ortega, Marañón y Pérez de Ayala acogieron la Segunda República en su seno e intentaron aplicar esas reformas y esas nuevas ideas, pero no fueron escuchados, fueron desoídos y desatendidos casi desde el primer momento. Se podría entrar a considerar si pudieron hacer más o no, pero el caso es que desde antes del advenimiento de la Segunda República, durante el último periodo de Alfonso XIII, durante la Dictadura de Primo de Rivera, estos intelectuales del 14 bajaron a la caverna e intentaron iluminar España con lo que habían visto fuera y habían meditado.

 Ellos fracasaron en su contexto, no vieron los resultados, sino que vieron cómo se derrumbaba todo aquello que había creado e ideado, cómo la civilización se hacía barbarie y España retrocedía inexorablemente.
En este caso la consecuencia de bajar a la caverna no fue la condena a muerte, sino que sufrieron otro tipo de muerte en vida, quizás más dolorosa. Según el caso de cada uno de los miembros, la mayoría acabaron en el exilio, lejos de su patria. Algunos pudieron volver, pero a cambio de un precio. El ejemplo más conocido es el “silencio” de Ortega. Es sabido que Ortega vivió bastante deprimido sus últimos años de vida ante el panorama que tenía delante. No murió fusilado, pudo volver a España y seguir escribiendo, aunque la libertad de expresión era prácticamente nula. Sin embargo sufrió una muerte en vida causada por la impotencia, por la clara derrota de aquello por lo que luchó y de aquello por lo que reflexionó tanto.


De nuevo, la caverna y sus habitantes habían vencido, se volvía a extender la sombra de una realidad impuesta y ficticia. Volvían las cadenas y volvía la imposibilidad de mirar hacia otro lado. Sin embargo, cada uno de los que ha bajado a la caverna a revolucionarla, ha dejado su poso y ha facilitado a otros el hecho de plantearse su realidad. Han hecho de la subida escarpada y difícil, de ese dolor que causa la luz en los ojos acostumbrados a la oscuridad, algo más fácil de llevar y soportar. Han allanado el camino y nos han dejado su mano tendida para subir poco a poco, a través de sus escritos y sus figuras. Por ello, aunque parezca que no merece la pena el esfuerzo, porque no se ven los resultados a primera vista, siempre hay que intentarlo, por aquellos que sí quieren ver la verdad y la sabiduría.

viernes, 17 de octubre de 2014

Sobre la idolatría o sobre la admiración a los "famosos" II

   ¿Se puede sentir esa admiración y ganas de imitación hacia otras personas que no son consideradas figuras públicas? En mi caso sí y siento ser autobiográfica. Normalmente yo no sigo las vidas de esas personas que se llaman famosas, normalmente me decanto por personas que están en un mundo diferente. Admiro a pensadores, profesores y gente que tiene pasión por lo que hace y que se conforma con esa pasión por lo que hace, no quiere nada más. Gente sencilla que a mí me da esperanza. Me da esperanza en vistas a que yo puedo conseguir tener esa vida cuando sea mayor. Poder hacer lo que quieres, un servicio hacia los demás, leer, saber mucho, debatir, compartir, etc. Siempre me he sentido mucho más atraída por la figura del profesor o profesora, y ellos constituyen mis "figuras públicas". Pero eso, está mal visto, se ve como un acoso, como algo no natural, cuando se da de toda la vida.

   En los comienzos de la Universidad lo más normal era que los alumnos persiguieran a sus maestros, en todos los aspectos de su vida. Comidas, cenas, ¡incluso se podían alojar en la misma casa del maestro! Debían aprender y esa era la mejor forma, eso era señal de prestigio (las trampas a este respecto también tienen un paralelismo con lo que se puede ver hoy en día, pagar a los alumnos para que te sigan..me quiere sonar). A Sócrates se le encontraba rodeado de sus seguidores que debatían con él alegremente.  Pero como todo, con el abuso y el exceso llega el problema. Hoy en día estas figuras no son de dominio público y muchos no lo pretenden. Otros sí lo son, desde luego, pero no creo que a una escala de "poner foto en carpeta". No lo he hecho, conste, al menos no con los vivos. El busto de Sócrates sí, sí ha estado acompañándome en carpetas y paredes. ¿Por qué no? Junto a otros personajes públicos, obviamente. También tengo a Dalí y siento el impulso de poner fotos de intelectuales de principios de siglo XX. En este sentido no pasa nada, porque son figuras públicas desde luego y ahora mismo no se van a quejar si ahondo en sus vidas y busco una vía de imitación para poder ser mejor o encontrar inspiración y calma cuando me falta. ¿No?

   ¿Es malo querer saber todo de una persona cuando esta no se considera de dominio público? No será igual de malo en otra persona aunque sea personaje de dominio público? ¿No somos unos pequeños acosadores? Habrá quien peque de exceso y hay que controlarlo, porque eso sí es serio; por suerte creo que son los menos los casos que conllevan problemas de verdad, aunque a veces son dramáticos.


   Creo que la admiración y la idolatría son algo común en el conjunto de los humanos. Algunos admiramos unas cosas u otras, pero admiramos. No sé si esto ha resuelto algo, no lo creo, tampoco creo que sea su función. Pero yo al menos me he desahogado un poco.

Sobre la idolatría o sobre la admiración a los "famosos" I

   Este es un tema que tenía pendiente y al que le llevo dando vueltas desde hace tiempo. Es también un tema recurrente en algunos aspectos y que me hace reflexionar sobre mi posición en el mundo y me hace preguntarme incluso si soy normal.

    Leyendo a Ortega he encontrado un poco de paz para mi alma inquieta, aunque no por mucho tiempo. No es que me haya dado una verdad absoluta, no existe tal cosa, pero sí un camino nuevo donde explorar y que me da algo de esperanza de no sentirme tan alejada del gran común de los mortales. Ya hablaré de esto.

  Existe lo que se llama la "figura pública" o famosos o celebrity, que normalmente suelen ser artistas o deportistas, en el mundo de hoy en día. También están esos personajes, que nunca he entendido por qué son famosos, que salen en la tele y sobre los que basta ver cinco minutos de algún programa televisivo para enterarte de su vida de arriba abajo y de la que nos cuentan todo detalle, pero que aparentemente carecen de talento o de algo interesante (al menos yo no lo veo). Y dicen que tienen una profesión, no sé en qué meterlos.

   Ante esas figuras públicas se siente una especie de admiración e idolatría, en algunos casos, que hace que pongamos sus fotos en nuestras carpetas en el instituto, en las paredes de la habitación, que no hagamos otra cosa que hablar de ellos, que hagamos locuras como esperar horas para poder verlo en persona y que te firme algo, etc. También parece que tenemos la necesidad de saber todos los aspectos vitales de esa persona. Los buscamos, sabemos dónde está en cada momento y ¡hoy en día es aún más fácil! Son ellos mismos los que a través de las redes sociales se dan bombo y nos informan para deleite de sus seguidores, que incluso pueden interactuar con ellos a través de internet.
   Me planteo varias preguntas: ¿Qué tipo de personas entran en esta categoría de perfil público? en el sentido del que hablamos aquí. ¿Por qué causan esa admiración? Qué vemos en ellos. Y adelantar que hay personas que son introducidas en ese saco que no quieren serlo y no participan de ello, aunque a veces se ven forzados, y me cuestiono la moralidad de esto.

   Siguiendo el orden empezaré por el tipo de personas, aunque las preguntas están relacionadas. Como está escrito arriba la mayoría de los famosos suelen ser del mundo de las artes y del deporte. Cantantes, actores, actrices, futbolistas, tenistas, pilotos, etc. Un ejemplo clarísimo de idolatría y de fenómeno fan fue el comenzó con The Beatles en los 50, como es por todos bien sabido. Llegaba a tal el acoso que a veces se hacía inviable la vida normal de estos cuatro jóvenes. Cientos y miles de personas admiraban a los músicos y pregunto ¿Por qué?¿Qué tenían ellos que no tuvieran los demás?¿Importaba si eran buenas personas?¿Eran de verdad, realmente buenos músicos (que nadie se ofenda, solo pregunto)?

    Unos años antes el fenómeno del famoseo lo protagonizaban personajes de muy distinto quehacer. Albert Einstein y su famosa foto con la lengua fuera muestra una mirada cansada y aturdida por la cantidad de periodistas que le esperaban al salir de una cena. Era un ídolo y era científico, probablemente la mayoría de la gente no tenía ni idea de qué era lo que había hecho ese señor, pero era un señor con un alto reconocimiento y eso basta para ser idolatrado. ¿Es la prensa la que decide quién es famoso o la opinión pública tiene mucho que ver con ello? Creo que en estos días que vivimos es la segunda opción más predominante que la segunda, pero probablemente se alimenten la una de la otra.


   Creo que en lo que nos fijamos es en personas que aparentemente son iguales que nosotros, pero que tienen más dinero, parecen más atractivos y parece que tienen vidas perfectas. Incluso cuando no son perfectas nos parece que están en otro plano de la realidad y los acompañamos en ellas como si fuéramos nosotros mismos y ello fomenta que nos parezca que son reales y que su estilo de vida puede ser alcanzado por cualquiera.
   Personas que han conseguido dedicarse a aquello que aman y que viven aparentemente bien, en unos círculos privilegiados, que llevan ropa de diseñadores y son reflejo de aquello a lo que aspira la gente a llegar. La perfección física y social.

   Luego están esos otros programas y revistas de cotilleo que ahondan normalmente en la parte más oscura de la vida de esas personas. Hay otras que solo tratan lo "positivo", se casan, tienen hijos, son felices en la playa retozando, estrenan películas, sacan discos, desfilan… También si se divorcian, se ponen los cuernos, se pelean o están en la más profunda miseria. Eso los hace humanos, eso los hace abarcables.
Son el cuento de hadas y princesas.

   Pero estas tendencias creo que cambian, como he dicho antes, a finales del XIX y principios del XX eran admirados personajes de la ciencia y la literatura, se les perseguía. (Dejo a un lado el aspecto de los políticos, que supongo que tiene que ver más con el sex appeal del poder). 

 Gregorio Marañón con la esposa del político francés Edouard Herriot, por las calles de Toledo, 1932. Este es un ejemplo de lo que digo. Marañón un médico, siendo perseguido por las calles de Toledo, sí, va con la mujer de un político francés, pero eso no le resta importancia al hecho.

  ¿Qué ha cambiado?

   Las artes levantan pasiones. Admiramos a los actores y actrices por cómo interpretan personajes con los que nos sentimos identificados, o cuyas historias nos han conmovido, hecho reír o llorar de tristeza. Les admiramos porque ellos pueden ser héroes, villanos, pasar de ser personajes pobres a ser ricos, disfrazarse y cambiar el mundo con los mensajes que un director ha intentado plantear en su película. Una realidad paralela en la que todo puede ocurrir, incluso siendo ficción es realidad, sí. Eso es maravilloso, indudablemente. Eso los convierte en personas admiradas y envidiadas, sin lugar a dudas. Pero no todos en el mismo sentido ¿No? Hay miles de actores y actrices, y directores. ¿Por qué no se admira masivamente a los guionistas, iluminadores, encargados de casting o de vestuario? Obviamente la cara visible son los que interpretan y se dan un aire diferente. Están de cara al público y lo saben. ¿Eso permite que se les pueda seguir en todos los aspectos de su vida?¿Se debería limitar el seguimiento a su trabajo y no extenderse a su vida personal? Debería, pero queremos saber cómo esa persona ha conseguido ser lo que ha querido y necesitamos todos sus detalles para poder imitarlos a baja escala. Somos unos pequeños intérpretes de vidas ajenas.

   Lo mismo sucede con futbolistas, músicos y algún que otro literato de best sellers. Quizás sea simplificar, todo se da. Hay gente que no obedece a este tipo de cosas, que no sigue a los famosos de moda sino que se fijan en otros de menor calado. Admiran a un pianista que nadie conoce, a un poeta, a un actor de teatro, un bailarín, un arquitecto, un pintor…Y aún así ¿Hacemos lo mismo?¿Intentamos saberlo todo sobre su vida?


   Luego me planteo aquello de si todos quieren ser personajes públicos en el sentido de que se sepa absolutamente todo de sus vidas, de que la gente vaya a la puerta de sus casas, que no puedan ir por la calle sin que una nube de fotógrafos les retrate en cada momento de su vida. Desde luego que no y curiosamente, aquellos que huyen de ese tipo de vida pública, que la rechazan de lleno, suelen no tener esa presión tan alta como otros. Personas que solo se muestran en público cuando es algo relacionado con su trabajo. También está la graciosa idea de que es su obligación estar de cara al público las 24h "es que es su trabajo", ¿Qué te firme autógrafos y se haga fotos contigo cuando está haciendo la compra o paseando con su familia? Cuando no es un actor o músico (si es que se puede dejar de serlo) sino una persona anónima ¿Tiene que estar disponible? No sé hasta qué punto se puede controlar el que no se retransmita tu vida y no se hable de ti constantemente cuando no tiene lugar. Desde luego hay casos que se dan y pasan desapercibidos. ¿Dónde está la línea?