Proliferan
últimamente muchos testimonios de personas que han conocido o tratado a Ángel
Gabilondo, pues yo, no voy a ser menos.
Tuve la
fortuna de encontrarme con él hace una semana cuando salíamos los dos de
nuestras respectivas clases. Él como profesor, yo como alumna de Máster, nos
encontramos en el pasillo y no pude resistir la tentación de dirigirme a él,
para darle la enhorabuena por su elección/decisión de ponerse al frente de la candidatura del PSM, para las próximas elecciones.
Fueron cinco
minutos, no mucho más, lo que tardamos en recorrer el pasillo hacia la puerta,
que abrió él y sostuvo para que pasara yo primero, (todo un caballero) salir de
la facultad y despedirnos, al tomar caminos diferentes. Pero esos cerca de
cinco minutos me resultaron provechosos reflexivamente hablando. Me dio un
montón de temas sobre los que pensar. Uno de ellos la valentía.
El tema salió
cuando me preguntó mi nombre, “Andrea”, le dije. Él me contestó diciéndome que
era un nombre bonito, yo, que eso era relativo, pero que al menos el significado
que yo le daba sí me gustaba. Me preguntó por el significado y yo le conté que
en griego existe una palabra andreia
escrita en alfabeto latino, que significa valentía. Normalmente se vincula mi
nombre a andros, que significa
hombre. Cuando descubrí en el instituto andreia
me pareció más lógico vincularla a mi nombre, puesto que solo habría perdido
una letra y era una palabra femenina, aunque vinculada solo a los hombres, que
eran los únicos que podían demostrar la valentía, puesto que eran los que guerreaban.
Curiosamente
en euskera significa mujer. Es gracioso, porque en Grecia es un nombre de
hombre y tiene sentido su significado masculino, mientras que en España es
nombre de mujer, como la palabra en euskera. En castellano siempre se me ha
dicho que es simplemente el femenino de Andrés, que de hecho es mi santo. No
sé si los filólogos estarán de acuerdo o no, pero a mí me gusta más el sentido
que yo le he dado, así que es con lo que me quedo.
No le solté
exactamente este sermón, pero el resumen sí. Terminó la conversación sobre este
tema cuando salimos a la calle, momento en el cual íbamos a tomar cada uno
nuestro camino, yo hacia el tren, él, hacia el parking o el autobús, no lo sé.
Pero antes de despedirnos, se paró, me miró y me dijo algo así como “No
entiendo por qué últimamente todo el mundo me llama valiente”. No recuerdo la
frase exacta, pero la idea era esa, por qué le llamaban valiente por haber
tomado la decisión de presentarse como candidato. A mi lo único que se me
ocurrió en aquel momento fue decirle, que me parecía normal que se lo dijeran,
porque teniendo en cuenta los tiempos que corren, pensando en el panorama de la
política actual, es de valientes meterse en un fregado voluntariamente. Él me
dijo que no era valiente, sino que tenía convicciones, convicciones de que
podía hacer algo bueno con su decisión. Lo comparto, aunque me sonó panfletario
y fue lo que menos me gustó de la brevísima conversación.
Más tarde, en
el tren de camino a casa y durante esta semana, le he estado dando vueltas a la
conversación y he descubierto que fallé en la respuesta, fui muy obvia, cuando
quizás me pedía ir más allá. Y creo que he llegado un pelín más allá.
Relacionado
con acontecimientos recientes de mi circunstancia vital, me di cuenta hace tres
o cuatro semanas, de que había perdido la valentía para reclamar mis derechos,
la razón, cuando la tenía y no permitir que pasaran por encima de mi. Me di
cuenta de que había perdido el espíritu guerrero y luchador que tuve durante el
colegio y el instituto, donde montaba huelgas que secundaba solo yo, cuando
había algo que no me gustaba. Protestaba cuando consideraba que algo no estaba
bien o perjudicaba a los demás. Pero desde que entré en la Universidad me he
dejado arrastrar y me he dejado caer, hasta el punto de preferir dejar mis
estudios a tener que meterme en líos de denuncias y reclamaciones. De no ser
por mi familia, amigos y mis maestros, me hubieran comido, aún teniendo yo la
razón, como se ha comprobado.
Tras este mal
trago caí en la cuenta de que no quedaba en mi nada de lo que había de joven.
Con la edad también se calma uno, pero lo de no dejarte pisar deber ser algo
que se tiene siempre.
En definitiva,
la conversación con el profesor Gabilondo y mi experiencia me llevaron a
plantearme qué era en realidad ser valiente y coincido ahora con el profesor,
él no es valiente por haberse presentado. Será valiente, seguro para muchas
otras cosas, pero en este caso, no, no lo es.
La valentía
creo que la aplicamos a personas que se enfrentan a algo que da miedo, puede
hacer daño o causar pérdidas, incluida la propia vida. El profesor Gabilondo no
va a perder la vida, ni su trabajo, ni su familia, ni creo que le vayan a hacer
daño (espero). Como mucho perdería tiempo y eso no implica la valentía sino capacidad
para posponer otras cosas, y tampoco creo que lo vaya a perder. Tampoco se mete
en una situación que de miedo, a priori. Todo personaje público está expuesto
al insulto, al ataque psicológico e incluso a veces físico, pero no veo al
profesor Gabilondo posible víctima de esto, tampoco creo que le afecte en
demasía el insulto. A demás, ya es un personaje público, no cambia en esencia
su estatus en la sociedad, es alguien conocido, que fue ministro…
Entiendo a la
gente que le llama valiente, porque cuando nos ponemos en su lugar nos parece
una empresa, la que toma, difícil, costosa, y ante la que yo, por ejemplo, no
sé si me vería con fuerzas con todo lo que hay a mi alrededor. Pero yo soy un
ser anónimo, no estoy metida en política, no aspiro a eso. Quizás otros me
llamen valiente por hacer otro tipo de cosas que para mi no suponen ningún
riesgo aparente. No lo sé.
Le llamaría
valiente si como exministro de educación y cultura apareciera en Irak a tirar
de las orejas a los que han destruido piezas arqueológicas o quemado libros.
Eso no sé si es valentía o temeridad, el justo medio aristotélico lo decidiría.
Valientes son los bomberos, que se meten en el fuego, eso les causa daños y
pérdidas, pero lo hacen. Valiente es el que se tira al río o al mar a salvar a
otra persona o a un animal, porque puede acabar con su propia vida. Son
situaciones que ponen en riesgo a la persona y que atentan contra el instinto
de supervivencia. Así lo veo yo.
Hay otros
tipos de valentías, no tan radicales, por ejemplo, la valentía de declarar el
amor hacia otra persona. Cuando tomas la decisión, sabes que puedes resultar
dañado e incluso perder a esa persona de tu vida. La valentía de opinar cuando
estás en un contexto en el que sabes que se te va a reprochar. Valientes han
sido, y por desgracia algunos lo siguen teniendo que ser, aquellos que se
inscriben bajo el LGTB. Y son solo algunos ejemplos, de miles.
No siempre la
valentía implica algo físico, a veces es solo emocional, aunque hace daño
igual.
La decisión
tomada por el profesor puede llevarle a disgustos, desavenencias, etc. que
pueden tener una repercusión física y desde luego que será así, veremos el
desarrollo de las ojeras y la cara de cansancio. Es un reto, es algo que le
hará emplear tiempo, que tendrá que quitar a otras cosas, pero, objetivamente,
no creo que exista un riesgo real, es más, creo que es una experiencia que le
va a dar más que quitar.
No es que esté
llamando cobarde al profesor, no. Uno es cobarde cuando ante una situación en
la que se requiere valentía, no actúa conforme a ella. En este caso es que no
existe tal situación, a priori.
Me puedo
equivocar, como siempre. Puede que mi pensamiento en realidad se halla quedado
igual de corto que antes, o más que probablemente, más corto. Siempre hay muchas
formas de ver las cosas y de actuar frente a ellas. Yo admiro la decisión del
profesor, porque sí, me parece que hay que tener ganas de meterse ahora en
campañas electorales, pero, si alguien tiene la capacidad de hacerlo, si
alguien siente que puede aportar algo positivo a la situación política de
España, que es vergonzosa, ¿por qué no? Parece casi obligatorio ¿no? Me parece
loable y estoy encantada con su decisión, precisamente porque considero que sí
es una persona que puede aportar razón, lógica, educación, valores, etc. a un
panorama político donde prima la chabacanería, la sinrazón, el insulto,… en
definitiva, una vergüenza.
Con todo, gracias profesor por
esos cinco minutos. Espero que nadie se sienta ofendido, no hay motivos para
ello. Yo he sido cobarde en algunos contextos, pero ser consciente de ello también me ha permitido tenerlo en cuenta. Para otras cosas, soy valiente, aunque eso me haya hecho daño. Es decir, parafraseando a Ortega, somos nuestra circunstancia y hay que salvarla. El justo medio aristotélico no es una mitad exacta. Dependiendo de cada circunstancia se requerirá más de una cosa que de otra. El exceso de valentía es la temeridad, que no es buena. La falta en exceso de valentía nos lleva a la cobardía, que no es buena. Pero entremedias, hay un montón de matices que se adaptan a la realidad de cada momento.
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