El alumno
debe superar al maestro.
Por norma general esto
debería ocurrir siempre. Cuando no se cumple puede ser por dos
cosas: el alumno no ha querido superarse, o el profesor no ha querido
ser superado.
En el primer caso sería
el alumno quien no ha mostrado el interés necesario por superarse.
Entiendo que no partimos (por lo menos yo) de la base de superar a la
persona que te está enseñando. El hecho de superar para mi implica
esforzarte por ir más allá. No es competitividad, es naturaleza. Si
el alumno no demuestra interés en superar lo que tiene, en buscar
más, en intentar comprender más, no habrá hecho bien su función
como alumno.
En el segundo caso es el
profesor quien impide la superación del alumno. Esto quiere decir
que un profesor debe estar dispuesto a dar absolutamente todo lo que
sabe en beneficio del alumno, sin temor a que este algún día pueda
superarlo. Si el profesor no se deja superar es porque esconde
información, o no lo pone “fácil” para que el alumno adquiera
más conocimientos y más capacidad de pensamiento. También es
verdad que si al alumno se le da todo fácil no se le hace pensar.
Pero con “poner fácil” no me refiero a que te lo den hecho, sino
a que no se te pongan trabas a la hora de preguntar, de pedir
información, de buscar y aprender. Cuando un profesor no hace esto,
el alumno pierde, el alumno se queda sin conocer a expensas de otra
fuente que sí de lo que reclama. Esto ni es correcto, ni hace bien a
la ciencia.
Podría aplicarse esta
frase a más relaciones sociales, no tiene por qué ser único del
aspecto académico. Pero son los profesores los que más cercano
tienen el difundir conocimientos, no solo por su preparación, que no
distará mucho de la que otros universitarios tengan; también por su
posición. Son los que están delante de una masa de personitas a las
que tienen que educar. Educar en el sentido de dotar de una cultura
general, de unas bases primarias para el desarrollo de esa persona en
sociedad, de pensamiento. Luego está la educación propia de la
persona, el comportamiento, que se debe adquirir más en casa que en
la escuela, pero en la que al final colaboramos todos como sociedad.
Parece que le doy más
importancia al papel del profesor en la culpa, pero al alumno se le
debe hacer sentir la necesidad de superarse. Esto se consigue
promoviendo la inquietud, los intereses, la curiosidad que todos
tenemos, por unas cosas o por otras.
Sé que es difícil, y
más en los tiempos que corren, intentar buscar y animar la
curiosidad de cada uno de los cientos de alumnos que se tienen. No es
una educación para individuos, es para masas. Pero quizás sean los
libros los que más acerquen a cada uno a la propia inquietud. Y
promover el interés por los libros sí que es algo que se puede
hacer en masa. No obligando a leer, sino aconsejando qué leer.
“Leer
es una necesidad, pues solo es posible entenderse uno mismo leyendo
libros. Como la vida es breve hay que leer bien, es decir a los
autores clave, necesarios, ejemplares”
Esta frase nos la leyó un profesor
en clase en el primer año de carrera. Nos intentaba animar a leer
mediante una carta que había escrito para nosotros. Una carta que
así terminaba:
“No hay nada más
práctico que dos buenas teorías opuestas e irreconciliables, con
tal de que su estudio les haga pensar, y eso es lo que se aprende en
la universidad, a pensar. Lean por favor, lean los textos, lean lo
que quieran, pero lean” (G. G. Bravo).
“En la Universidad se aprende a
pensar”, esta frase me acompaña desde que empecé en la
Universidad. Todavía espero a que sea verdad.
Por suerte, he conocido a algunas
personas que están dispuestas a cumplir con la frase con la que
comienza este escrito, y que por tanto cumplen también con su oficio
de fomentadores de pensamiento.
No sé si los niños son una tabula
rasa que se va llenando de información según van viviendo, o si ya
tenemos algunos conocimientos teóricos, que no intuitivos o propios
de la naturaleza, cuando nacemos. Pero sí sé que nuestro contexto
nos influye enormemente, y que, para desarrollarnos plenamente,
tenemos que tener todos la oportunidad de gozar de un buen libro y de
una buena conversación con aquellos que difunden el conocimiento.
Una de las cosas que más me gusta
de la Universidad es poder hablar con personas que escriben libros
que leen miles de personas, o cientas, pero que son conocidos en el
mundo académico. Esto es algo tremendo, increíble. Tampoco hay
muchos que lo sepan apreciar, y hablo tanto de alumnos, como de
autores. Casos de alumnos que pasan de profesores por esa ley absurda
que muchas veces he escuchado “los profesores pertenecen a otra
especie”, como seres malignos. Casos de profesores a los que parece
que les molestes por preguntar e interesarte por su obra, o por algún
tipo de conocimiento relacionado o no con lo suyo, como si los
estudiantes fuéramos seres molestos.
Como todo, no hay que generalizar, y
si escribo esto es también por que sé que es posible que se den los
aspectos positivos más allá de los negativos. Y quiero reivindicar
a esas personas que lo cumplen por amor al conocimiento, más allá
de sus propios intereses. ¡GRACIAS!
Desde luego en la universidad la variedad de profesores es grande, cada uno es hijo de su madre. Pero hay muchos que marcan distancia con el alumnado, que no abren el cofre del conocimiento que son y no buscan atraer a los alumnos para convertirlos en discípulos. Pero también los hay que sí hacen como debería ser la norma, que les agrada ser superados por el alumno, que ayudan sin reparos. Sin embargo, creo que el problema está en la mayoría de nosotros, que llegamos como adolescentes a la universidad y tardamos en labrar la suficiente madurez que nos haga concienciarnos de dónde está, de todo lo que tiene al alcance de sus manos. Que es una oportunidad magnífica, y que los profesores son la máxima expresión académica de este país, sin significar que muerden
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