lunes, 14 de noviembre de 2016

Sobre la poesía


            Recupero este escrito que redacté en marzo del presente (aunque por poco tiempo) año, 2016. No lo publiqué en su momento por varias razones todas con el mismo punto común: el pudor. La primera: me dio pudor publicar un comentario sobre la obra de la que hablo aquí. Hasta donde yo sabía no había habido comentarios a gran escala sobre ella (hoy día si los hay y muy recomendables), y yo no quería ser la referencia de nadie que buscara el libro, recién sacado del horno, para ver si leerlo o no o que mi escrito dejara algo de prejuicio sobre la obra, no. Quería esperar a que los que se dedican a ello de forma profesional lo hicieran. Esta entrada es muy personal y es una opinión más como tantas otras que se vuelcan en internet. Yo, como digo más abajo, no tengo ningún criterio para dar consejos sobre qué leer o no, y menos de poesía, lo que viene a dar la segunda razón de que me diera pudor publicarlo. La tercera: bueno, lo hablaré, si llega el caso, con quien tenga que hablarlo.

No he modificado muchas cosas, algunas sí porque introducían debates que, o bien retomaré en otros escritos, o bien, no vienen al caso. ¿Por qué lo publico ahora? Me he topado con el escrito por casualidad… y he decidido releerlo. No me parecía mal lo que puse por escrito en su momento y pasado el tiempo de reposo necesario de una opinión, he visto que sigue coincidiendo con la de entonces y me apetecía hablar sobre gustos y sobre arte y sobre cómo aparecen cosas que nos sorprenden y nos hacen tener conversaciones con nosotros mismos más profundas de lo habitual. Reproduzco el texto de entonces.

            Estreno las entradas del 2016 con una confesión (iba a ser la primera entrada, pero puede que sea incluso la última de este año, quién sabe): la poesía no me llena y a veces incluso no me gusta. No es que no me guste de forma radical, no, pero no me llena o llega como lo hacen otras ramas de la literatura u otras artes. Tengo una insensibilidad que incluso a mí me llega a preocupar a veces. Aunque también es cierto que no es a toda la poesía. Mi gusto se circunscribe a unos autores muy determinados y a unos poemas muy determinados, que han sabido mover todo aquello que solo las artes pueden hacerte mover: emocionarme, alegrarme, entristecerme o hacerme reír hasta llorar, etc. Las artes tienen una capacidad increíble para sacar sentimientos y emociones aparentemente de la nada, con una frase te transportan hasta lo más profundo de tu ser o hasta el mundo más lejano; unas cuantas notas y acordes saltarines, un montón de colores arremolinados formando figuras, una escultura que te mira intensamente y parece querer hablarte a ti y solo a ti. Como digo, las artes tienen esa capacidad de hacer sentir cosas sin necesidad de entenderlas del todo y no nos exigen mucho esfuerzo, incluso lo más sencillo nos puede llevar a ese estado de emociones palpitantes. Y lo que más me gusta de ellas, son universales, son humanas y a todos nos recoge en lo más general de su existencia. No hay un rincón del mundo en el que no haya música, da igual de qué tipo. No he conocido a nadie que me diga “no me gusta la música”, de uno u otro modo, te llega. Aunque a algunos nos gustan unas artes más que otras, supongo que es lo más normal del mundo.

            Pero voy a lo que voy, la poesía. Como decía, la poesía es uno de esos aspectos de mi gusto que me gustaría poder cambiar. Tampoco me agobio demasiado porque sé que cuando tiene que llegar algo que me guste llegará. En ese club de poetas selectos de Andrea se encuentran: Quevedo, Góngora, Bécquer, Espronceda, alguno de Neruda y Machado, y sobre todo y por encima de todos, Federico García Lorca. Me diréis, claro, los típico-tópicos, no has ido muy lejos, pues sí, es lo que hay. Supongo que hay alguno más, pero ahora no me viene a la cabeza.

            Mis acercamiento a la poesía se ha producido en el instituto y de forma totalmente obligada, porque no me ha llamado jamás la atención esta forma de literatura. Recuerdo que en primero de la ESO nos pidieron hacer un poema sobre el mar (¡sorpresa!). Bueno, me costó horrores ser capaz de hacer cuatro versos, (no di para más) y que rimaran, porque eso sí, la poesía o rima o no es poesía. Estoy de broma, sé que no es así, sé que no tiene que rimar, que no todos responden a estructuras cerradas, sé, incluso, de la existencia de los haiku que se han puesto ahora tan de moda. Normalmente me deja fría, indiferente, es excepcional que un poema entre en mí y produzca los mismos efectos que una canción, una novela o un cuadro, pero a veces ocurre y cuando ocurre produce algo muy especial en mí, y hoy vengo a hablar de la última incorporación al club de poetas selectos de Andrea: Guillermo López Gallego.

            Supongo que en “una de sus habituales búsquedas de noticias sobre si mismo” encontrará esto, o alguien se lo hará llegar, o permanecerá esto en el anonimato para siempre, quién sabe. Sea como sea, don Guillermo, bienvenido al club. No es muy grande ni prestigioso, es más, es incluso irrelevante más allá de la persona que lo dirige y organiza, pero no tiene cuota de entrada ni de permanencia ni nada, tampoco sé si uno se puede ir libremente, no se ha dado el caso.  Supongo que el mérito reside en que ha conseguido llegar a alguien que muestra mucha frialdad ante la poesía.

 Vuelvo a dirigirme a los pocos lectores del blog. Guillermo López Gallego acaba de sacar ( de marzo a noviembre hay un trecho) un librito amarillo llamado Afro, de la editorial Pre-Textos. He de reconocer algo… cuando vi que salía el libro me mostré escéptica. Ya leí el anterior, El faro, y bueno, es bonito y probablemente al que entienda de poesía o tenga un mínimo de sensibilidad normal hacia la poesía le parecerá bueno, porque estoy segura de que lo es, pero yo no lo entendí del todo y es poesía y no (creo que debería darme otra oportunidad y leerlo de nuevo). Mi confirmación de que el problema no es el libro ni el autor, sino yo, ha llegado con este librito del que he hablado arriba. El autor es el mismo, el tamaño parecido, el tipo de poesía idem… pero el tema cambia y yo lo he entendido mejor. De todas formas no todo es comprensión. Uno puede comprender la historia de una novela y no sentir absolutamente nada mientras la lee, por tanto, reside en la capacidad del autor para manejar las palabras el que su obra altere, mueva, conmueva, o lo que sea, al lector. Iba a añadir que es necesario que el lector tenga también una predisposición positiva, pero ya he hablado de lo que me pasa con la poesía, así que no es tan absolutamente necesario. De hecho creo que cuando la predisposición es de cautela y suspicacia y uno se lleva una sorpresa es incluso más agradable el resultado.

He leído Afro y me ha dejado impresionada. No solo es bello, es intenso y desolador. Me ha dejado bastante reflexiva y con sentimientos encontrados. Me ha emocionado y me ha dejado perpleja y al mismo tiempo pensando: “es bonito ¿por qué me parece bonito? No debería parecérmelo ¿o sí? Lo bello es la forma, las palabras, no quizá tanto lo que cuenta sino cómo lo cuenta ¿pero, son bello o bonito las palabras que debo utilizar? ¡NO SÉ!”. Me ha gustado, mucho y ha levantado esa ola de sentimientos que parte aparentemente de la nada que me han arrollado. Creo que el único que ha sido capaz de hacerme sentir algo parecido en poesía es Lorca con el Romancero Gitano. Soy consciente de que es muy personal y subjetivo, seguramente haya gente que lo lea y no le diga nada, como me pasa a mí con otros, pero me ha gustado y me ha hecho plantearme muchas cosas y empatizar con el protagonista y autor del libro.

No puedo hacer una crítica del libro, no puedo hablar de lo más técnico, ni analizarlo, ni nada por el estilo, ni lo pretendo. Si lo hiciera pecaría de una soberbia que no me corresponde, anda muy liada en otros sitios. Solo decir eso, que me ha llegado y me ha llenado.



lunes, 24 de octubre de 2016

Sobre la multidisciplinariedad o interdisciplinariedad

Este escrito viene motivado por varias cosas:

1-      Mi defensa del TFM el pasado junio.
2-    Un primer rechazo de la Facultad de Filosofía a mi propuesta de tesis, con la excusa de “Perfil no adecuado”.
3-      Lo que veo a mi alrededor.

¿A qué me refiero con la multidisciplinariedad o interdisciplinariedad (palabros complejos)? Me refiero a la conjunción de varias ramas del saber en un tema de una rama en concreto, me explico. Hablo desde la perspectiva de alguien que ha estudiado Historia (y quizá esto marque muy profundamente lo que aquí está escrito). Yo puedo estar haciendo un trabajo sobre la Segunda Guerra Mundial, pero introduzco métodos, objetivos, lecturas, análisis, lo que sea, de, por ejemplo, la psicología o la literatura; o estoy haciendo un estudio sobre el pensamiento filosófico en la Antigüedad, evidentemente la filosofía aparecerá por ahí.

Es cierto que la Historia me parece una de las ramas con más influencia de otras en sus estudios, y tiene que ser así. La Historia (que en griego significa simplemente investigar) abarca todo nuestro pasado humano y por tanto todo, absolutamente todo, lo que hayamos hecho, pensado, creado, etc. todo eso incluye todas las otras ramas. No es extraño encontrarse en los distintos grados universitarios o en el instituto mismo, títulos de asignaturas como “Historia de la Literatura”, “Historia de la Física”, “Historia de la Medicina”, etc. Estas asignaturas tienen, a priori, un objetivo claro: (tomemos como ejemplo la Medicina), contar los descubrimientos que se han ido realizando, explicar cómo se aplicaba la medicina en determinadas épocas, etc. No nos enseñarán, como es evidente, la anatomía, o la histología, o cómo diseccionar, sino que nos hablarán de cómo tenían que apañárselas los primeros pioneros en el estudio de la anatomía, para poder cotillear dentro de un cadáver sin que la Iglesia los pillara; o de cómo se erradicó no sé qué enfermedad, etc. No se trata, por tanto, de enseñarnos medicina, sino de conocer el pasado (o el presente) de la investigación de esa rama (por ejemplo). No voy a entrar en la necesidad o no de que esto exista.

            Sin embargo, en lo que quiero entrar aquí es en el intercambio directo de métodos, en el estudio multidisciplinar. Como decía, es difícil que en Historia eso no ocurra, es el pan nuestro de cada día. Si queremos preguntarnos cómo era la sociedad ateniense del siglo V, nos sorprenderemos aplicando términos de la sociología, de política, de la educación, de la filosofía, etc. El objetivo no es el mismo que buscaría alguien de sociología, no lo miramos por el mismo lado, pero nos encontramos juntos en un mismo camino. Los historiadores necesitamos saber de geografía, necesitamos conocer los mapas para poder completar, lo más satisfactoriamente posible, nuestros estudios y, sobre todo, encuadrar y contextualizar aquello de lo que hablamos (uno de los pilares imprescindibles del método de la Historia, sí, hay método), o si queremos entender la repercusión del entorno en los humanos o por qué hay determinadas poblaciones en determinados sitios. Es tan imprescindible tener este tipo de base, como que los historiadores del arte sepan de literatura o de la “otra historia”, para poder saber de qué están hablando al analizar una obra pictórica o escultórica (algún día hablaré sobre qué se considera Historia y qué no). En una ocasión una estudiante de historia del arte me dijo que no entendía por qué estudiaban literatura en esa carrera. Aparte de que la literatura es un arte, es que son indisociables, se pongan como se pongan. También escuché muchísimas quejas en mi carrera, sobre por qué teníamos que dar geografía o arte o filosofía. Para mí, incomprensibles. Recordar simplemente que, no hace tanto, eran una sola carrera. A veces resultan difusos los límites entre estas ramas que llamamos “humanidades”.

Otra de las ramas con la que nos topamos constantemente, sobre todo los de Antigua, es con la filología. Estoy tan agradecida a la gente que se le dan bien los idiomas y que me han permitido leer un libro griego... Es normal el uso de esta disciplina para nuestros intereses, e insisto, los objetivos de un filólogo y un historiador no son los mismos y tenemos que prestar atención a estas diferencias. Donde ellos se preocupan por la evolución de una palabra o un fonema en un tiempo determinado, nosotros podemos ver los movimientos de población (ellos también), acudimos a la arqueología, para ver si esto corresponde con lo material, y emitimos nuestras conclusiones. Como digo, esto es lo normal, pero hay quien no lo admite ni lo aplica, lo que merma la calidad de los estudios históricos una barbaridad. Lo perfecto sería que un historiador supiera griego y latín y fuera arqueólogo y supiera hacer cartografía y paleografía, numismática y hablar varios idiomas modernos, y saber cómo se disecciona y cómo funciona el universo, ya puestos etc. y de hecho la formación tiende a crear a ese historiador perfecto, que sabe absolutamente de todo y no depende de nadie de otras ramas porque conoce a la perfección los métodos de las mismas. Hay quien lo consigue, otros, nos tenemos que conformar con nuestras capacidades limitadas. Una parte fundamental de nuestra formación es saber discriminar qué sí y qué no.

            He detectado, en estos años de formación, ese especial “pique” entre la filología y la historia, y la arqueología. Hay quienes se aferran a un texto escrito como verdad indiscutible y omiten los datos evidentes que nos da la arqueología (generalmente más fiable), y hay quien rechaza de lleno la aportación que pueda hacer un filólogo sobre nuestro estudio, porque las palabras mienten o porque no dan datos absolutos. Ambas posturas me parecen absurdas. Así lo viví, por ejemplo, en mi defensa del TFM.

            En aquella sesión donde se defendieron varios trabajos, hubo casos de intercambio de ramas. El más particular fue el de una compañera, pediatra, que mezcló medicina e historia. Fue un trabajo interesantísimo y con mucho esfuerzo detrás. A través de los textos y de las evidencias arqueológicas, aplicó sus conocimientos de medicina para contarnos las enfermedades que asolaron la Atenas del siglo V a.C. Este TFM fue aplaudido por todos. Sin embargo, en los otros TFM donde el intercambio era más “normal”, es decir, filólogos o arqueólogos (entre otros), asomando, se hizo constar un leve malestar. En mi caso, en mi trabajo se incluían los pensamientos de periodistas, filósofos, sociólogos, historiadores, filólogos, politólogos, etc. Ese era uno de mis objetivos: ¿cómo se había entendido la ideología política de Sócrates en los siglos XIX y XX por las distintas ramas del saber? La ausencia de más historiadores fue una de las leves críticas. A otra chica directamente le criticaron la excesiva presencia de filólogos. ¿Por qué un intercambio está bien y otros no? ¿Por qué esa reticencia, cuando es evidente que la historia lo necesita, o más bien, no, no es que lo necesite, es que es así? Y ojo, no hablo de los intrusismos. A mí no me gusta en exceso que un periodista se declare historiador, no, oigan no. No somos lo mismo, nuestros métodos y objetivos no son los mismos. No me importa que hagan una valoración de la historia desde su punto de vista, pero no se vendan como historiadores o no vendan su trabajo como historia si no es así. No me importó nada en mi TFM hablar del libro de I.F. Stone, sobre Sócrates. Él es honesto desde el principio en sus objetivos y métodos, otra cosa es que se esté de acuerdo con esas conclusiones. No es la “Historia de Sócrates”, no, son las ideas que este señor tiene sobre Sócrates después de haber investigado. Eso no es intrusismo, es intercambio. Quizá tendría que pensar en cuáles son los límites.
            
       Pasando al siguiente punto, tengo que aclarar cuál es mi particular visión de la estructuración de las ramas del saber. La primera de todas, de la que parten las demás, es la filosofía. El amor al saber, el hacerse preguntas, el comprender en general o en concreto nuestro contexto y lo de más allá, es lo básico para que cualquier tema en concreto tome cuerpo y acabe convirtiéndose en una rama propia con sus objetivos, métodos, etc. Si se tiene una idea restringida de la filosofía o de cualquiera de las otras ramas, esto no se verá jamás, y quizá es uno de los grandes pecados que lleva arrastrando la investigación. Este hecho se viene denunciando desde hace muchos años, no es nuevo, pero la hiperespecialización de hoy en día, supera cualquier cosa. Hoy más que nunca se hacen necesarias las investigaciones generales que vinculan cada ramita de la gran rama para poder formarnos una idea de su contexto, su alcance, su estado, etc. Ya lo advirtió, por poner un ejemplo, Ortega en La Rebelión de las masas, y es un libro de 1929. Pero vuelvo al tema del inicio de este párrafo.

La filosofía me parece el origen de las inquietudes, de ahí partimos y es propio del ser humano, como lo que más. Dejarla de lado, implica dejarnos de lado a nosotros mismos, a lo que somos en esencia y es sinónimo de gente a la que no le importa nada lo que no sea exclusivamente su vida y que pasa su tiempo sin preguntarse absolutamente nada (se me antoja complicado, pero los hay). Por tanto, creo que la filosofía es compatible con cualquier otra rama del saber. Filosofía de la ciencia, filosofía de la moral, filosofía y derecho, filosofía de la historia, historia de la filosofía, los límites difusos, a veces, entre un sociólogo y un filósofo o un psicólogo (hoy en día se han especializado mucho las dos ramas, pero pensemos en su origen. He visto a Marx tanto como filósofo como sociólogo). No creo que se pueda investigar nada si antes no te preguntas algo, preguntarse para mí es sinónimo de filosofía (sé que no se queda ahí, podemos discutir lo que haga falta todos los flecos. Aquí quiero dar una visión general, vaya).

De ahí la sorpresa mayúscula que me llevé al ver que mi pre-inscripción de la tesis en la Facultad de Filosofía, había sido rechazada por “perfil no adecuado”. Una tesis sobre José Ortega y Gasset y la importancia de la Historia en su pensamiento, no era adecuada. El perfil de un historiador, no era adecuado con un programa de doctorado de Filosofía. Habría esperado cualquier otro tipo de excusa, pero esta no. A raíz de esto, pregunté en Twitter lo siguiente: “¿Alguien por aquí que no crea que la historia y la filosofía son materias afines?”. Hubo quien dijo que sí eran afines, pero otros no lo consideraban así, porque el objeto de estudio no era el mismo. Evidentemente no lo es, por eso existen ramas diferenciadas, pero eso no quiere decir que no sean intercambiables, como he venido defendiendo hasta ahora. Que la filosofía se centre en algo general y la historia en algo concreto, no me parece algo incompatible. De hecho, de un interés general, surge el interés por algo en concreto, lo malo es que del interés concreto no se llegue a un interés general. Queda aislado el conocimiento, y es necesaria la especialización para que algo se desarrolle hasta lo máximo posible, pero no podemos obviar lo demás. Vuelvo a poner un ejemplo de medicina. La medicina está muy fragmentada en función del ámbito de estudio, pero todos los médicos tienen que saber cómo funcionar todo. No vale que uno sea experto única y exclusivamente en el corazón, no. El organismo está conectado, no son elementos aislados. Lo que le pasa en un principio a un solo órgano puede afectar a otros aspectos del resto del cuerpo y viceversa. Para diagnosticar bien hay que tener en cuenta todo lo posible, para luego concretar. Luego, en función de qué es lo que concentra el foco, actúan uno u otro especialista. Pero, anda que no hay veces que tienen que hablar varios especialistas entre ellos para ver qué se hace.

      Así veo yo este asunto. Todo está conectado y todo tiene relación. Cada rama tiene sus propios métodos, objetivos, análisis, etc. pero un intercambio, una ampliación de miras a otras ramas del árbol, no hacen que la investigación sea peor. Ya depende de la honestidad de cada uno, de la habilidad y el talento, para que eso vaya a buen puerto. Tampoco es necesario mezclar por mezclar, ni el intrusismo. Todo está bien si se parte del único método universal de investigación que cubre todo el árbol: la honestidad.

domingo, 17 de julio de 2016

Sobre el futuro de las bibliotecas y los libros en papel.

        Supongo que sobre este asunto se habrán escrito millares de artículos y se habrán expresado no menos opiniones, no creo que aporte nada nuevo; sin embargo, quiero hablar de un caso concreto, una distopía concreta.
            Trabajo en una biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid. Hace unos días se dio una charla sobre una plataforma de libros electrónicos. Desde la dirección de la biblioteca se animó a la asistencia y se recomendaba la asistencia con mucho interés. Yo no fui, me quedé con una compañera a la devolución; tampoco tenía mucho interés. Luego me enteré de que la introducción de los libros electrónicos era algo que se fomentaba desde la dirección de la biblioteca UCM. Desconozco los motivos, aunque me los puedo imaginar. Reflexionando, precisamente sobre esos motivos, he llegado a varios pros y contras. Empiezo por los pros:
-          A priori es más ecológico. No se gasta papel, no se talan árboles para imprimir libros. Si esto fuera verdad, sería estupendo, pero tengo la ligera sospecha de que para fabricar los soportes de lectura electrónica y las máquinas que hagan posible el proceso, se talan árboles y se contamina igualmente, si no en peor grado. Pero como vamos hacia un mundo en el que todo el mundo tendrá uno de estos soportes… bueno, dejémoslo ahí.
-          No se deteriora. Lo malo de una biblioteca de estas características (universitaria) es que los libros sufren mucho. Por el tránsito, el uso, el tiempo, simplemente. Eso implica comprar más ejemplares, renovarlos, mantenerlos y repararlos, lo que aumenta el gasto. (Quizá una mejor educación en el trato al libro ayudaría algo a solucionar este problema)
-          Todo el mundo tendría acceso al libro. Las bibliotecas no pueden disponer de un ejemplar por alumno de cada libro que se posee, es inviable. Con el libro electrónico todo el mundo tendría acceso al contenido, cuando quisiera, como quisiera, sin depender de horarios de apertura y cierre y sin depender de si un irresponsable ha devuelto o no el libro en el que estaba interesado. (Insisto en la educación).
-          Economía, que es el principal motor de algunas personas. En un principio, al pagar un libro electrónico, se ahorraría dinero. Un ejemplar electrónico vale por muchos en papel, es así. El que no se deteriore y no haya que mantenerlo ni tener un espacio físico para él, también ayudarían al ahorro. Un libro electrónico es caro para este tipo de usuarios como lo es la UCM. Hay que tener en cuenta que las empresas son conscientes de que ese libro va a ser leído por mucha gente, no van a perder dinero tampoco; y esos contratos se renuevan constantemente. Habría que hacer un estudio sobre si resulta económico o no, eso lo desconozco, pero seguro que los hay.
-          Espacio, el eterno problema de las bibliotecas. Evidentemente, al usar el libro electrónico nos ahorramos el espacio, solo haría falta un buen sistema que pueda soportar el peso del libro y que garantice el acceso a este de forma remota (este es otro asunto). No habría estanterías abarrotadas a punto de desmayarse por la excesiva carga. No se necesitarán espacios enormes.
-          Libros sin subrayar, listos para cuando uno quiera. No se acumularían ediciones antiguas, se renovarían automáticamente, siempre al día.
Ahora las contras:
-          Hasta donde yo sé, por lo que los propios usuarios nos han hecho llegar, los libros en formato electrónico no gustan. Ya sea por la vista, mirar fijamente un ordenador o una tablet, cansa, lo sabemos. Ya sea por la cuestión de la memoria visual, ¿cuántos no hemos recordado en un examen la página exacta y el lugar exacto del párrafo del que queremos hablar, porque lo hemos visualizado en la cabeza? El hecho de tener que pasar páginas, de que sea diferente cada momento, ayuda al estudio (al menos eso es la sensación que tengo). Ya sea por la nostalgia y por no depender de un aparato electrónico constantemente (los libros no se cargan), el papel se prefiere.
Poco más que decir en contra del libro electrónico, solo atendiendo a enfrentar un formato con el otro, pero si vamos más allá, las contras se hacen extensas. Pensemos en las consecuencias que tendría a largo plazo la sustitución mayoritaria o total del libro de papel por el electrónico. Todo lo que voy a decir son suposiciones mías. Yo no creo que haya un plan pensado específicamente para que esto ocurra, espero, pero ni las bibliotecas ni la figura del bibliotecario serían iguales, por no decir, directamente, que desaparecerán.
      Las bibliotecas se convertirían en simples depósitos de libros anticuados, que se habrían quedado congeladas en el último año en el que se incorporó un libro a sus estanterías, por ejemplo el 2016, nada más allá de esa fecha. Con la tendencia a la conservación mediante la digitalización (bienvenida es), los libros anteriores se digitalizarían en su totalidad, por lo que la biblioteca pasaría a ser un simple depósito de libros.
Conociendo al ser humano, si podemos disfrutar del libro sin tener que movernos lo haremos. No creo que haya mucha queja si la oferta de libro desaparece por el electrónico, creo que la gente se acostumbraría y acabaría cediendo a la comodidad más inmediata. Por lo que ni si quiera iría mucha gente a consultar los libros del depósito. Bien, la biblioteca como tal desaparecería. Hay también cierta tendencia a la creación de bibliotecas sin libros, que son solo salas de estudio. Eso no es una biblioteca que quede claro, son eso, salas de estudio y no tienen por qué estar unidas a una biblioteca. Una biblioteca tiene que ser un lugar donde se presten libros, donde se consulten libros, donde alguien pueda llegar y sentarse a leer, simplemente. Un templo del saber, del saber a través de los libros. Un depósito de libros, que los acumula sin más, en el que no hay interacción entre humanos y libros, es un depósito, no una biblioteca.
Si esto ocurriera, los bibliotecarios sobrarían, pasarían a ser otra cosa. Para mantener los libros on-line no serían necesarias  muchas personas y desde luego no serían bibliotecarios, sino informáticos o personas formadas en ese tipo de sistemas.

En resumen, todo sería muy triste. Creo que no se va a dar esta distopía de la que hablo, pero me parece un riesgo que está ahí. Quizá, por resultar en un principio imposible, no caemos en que si se fomenta solo el libro electrónico en detrimento del de papel, llegaremos a la distopía infeliz, triste, de un mundo sin libros de papel, sin bibliotecas, sin gente leyendo un libro en papel en el metro, o en los parques, solo gente mirando pantallas. Esa sonrisa que te sale cuando lees el título de algún libro que otra persona lee, no se dará. En resumen… algo triste. Creo que tiene que haber una conjunción entre ambos y me cuesta creer que se va a perder el libro en papel, pero en los colegios cada vez se ven menos. Llegará el momento en el que un niño no sepa lo que es un libro en papel y me parecerá muy triste. 

miércoles, 20 de abril de 2016

Sobre "Sócrates. Un hombre de nuestro tiempo" de Paul Johnson.

“Sócrates. Un hombre de nuestro tiempo” de Paul Johnson, 2012, Avarigani. Traducción e introducción de Juan José García Norro.

Quizá debería aprovechar las lecturas que estoy haciendo para mi TFM para realizar algunas reseñas o comentarios a los libros que tengo entre manos. En el caso de “Sócrates. Un hombre de nuestro tiempo”, es para advertir sobre él.
 Se me puede preguntar “¿Y tú, con qué criterio puedes opinar sobre alguien si no eres nadie?”, pues efectivamente no soy nadie, pero puedo, al menos, comentar desde la perspectiva de un estudiante, si un libro nos es útil o no. Sobre todo fijándonos en la parte más formal de la obra, porque nosotros, los estudiantes, tenemos una gran presión sobre qué componentes debe llevar una obra científica o de investigación seria. Por ejemplo, y esto me lo enseñaron desde primero de carrera, toda obra seria debe llevar lo que se llama “aparato crítico”. Es decir, bibliografía (sobre todo) y notas o citas que referencien lo que se dice. Cuando en una obra no-literaria o no de ficción, no aparecen alguno de estos dos elementos, debemos dudar. No siempre, y es cierto, es necesario, pero es recomendable, sobre todo si estás constantemente haciendo referencias a otros autores, debes citar de dónde has sacado esa información.
Este libro que digo, de un historiador británico, Paul Johnson, carece de eso que he llamado aparato crítico. Bueno, al final del libro hay una sección que se llama “lecturas posteriores”. No entiendo muy bien qué pretende decirnos con eso ¿que ha leído después de escribir todo el libro, algunas cosas que le dan la razón? Son un conjunto de obras, recogidas en dos hojas, muy generales de donde se supone que debería haber sacado la información, o están a mero título informativo, no lo sé muy bien.
A lo largo del libro no hay ni una sola cita ni referencia exacta a ninguna fuente. Habla de Platón y sus diálogos, nos copia trozos enteros de los mismos, pero no cita ni la página, ni la edición que ha escogido y a veces, ni si quiera la obra a la que pertenecen. Platón y tantos otros. En alguna parte recoge las frases más famosas de Sócrates y no sabemos dónde tenemos que ir a buscarlas, porque no sabemos de dónde las ha sacado. Por poner. un  ejemplo.
Por otra parte, el contenido. Bueno, es la apología de una persona mayor que siente simpatía por el personaje. Respetables sus opiniones como otras cualquiera. Se pueden matizar muchísimas cosas que comenta. Otras, puede que sean directamente erróneas. Pero jugamos con un personaje con el que es fácil poder opinar libremente sin que nadie te pueda decir a ciencia cierta qué es verdad y qué no. Cada uno puede interpretar a Sócrates como le viene bien, es así. La lectura que hace de Sócrates es altamente positiva, mientras que acusa a Platón (Pp.20-21) prácticamente de asesinato y de “cometer una de las acciones más carentes de escrúpulos de la historia intelectual”.
El autor se afana en demostrar que Sócrates era altamente piadoso, de algo a lo que llama Dios, que en general es llamado daimon. Lo compara con personajes religiosos como Tomás Moro, por la piedad precisamente. También insiste en que Sócrates era un filósofo desclasado, un demócrata desclasado. Esto hay investigadores muy serios que lo discuten, pero, de nuevo, volvemos al debate sobre la diferencia entre Platon y Sócrates.
En resumen, es un libro, otro más que habla de Sócrates, muy generalista, que pretende defender históricamente a Sócrates, diferenciarlo y separarlo de Platón y hacer de él un referente moral para la actualidad. Esto último ha proliferado mucho estos últimos años. Son bastantes ya los libros que hablan sobre Sócrates que han salido en estos últimos, pongamos, diez años. Pero eso es un tema aparte.
No deja de sorprenderme que alguien, en apariencia, por lo poco que sé de él, como Paul Johnson haga un libro tan flojo en la forma. y el. contenido. Aunque, viendo que su mayor actividad profesional ha sido la del periodismo, quizá no se pueda pretender tampoco exigir lo mismo que nos exigimos los historiadores de  estudio y vocación y, esperemos, profesión.
No me siento cómoda criticando de forma negativa una obra, sobre todo por lo que decía al principio, no soy quién. Entiendo el esfuerzo que lleva escribir un libro y creo que las intenciones son buenas, pero, no es un libro que recomendaría así como así. Con todo, solo por el hecho de dedicarle un tiempo a Sócrates, ya se lo agradezco. Entiendo que la pretensión del autor no era publicar una obra de tipo científico o de seria investigación sobre Sócrates, sino hacer una especie de ensayo, de comentario sobre el mismo. En tal caso, como he dicho arriba, el aparato crítico no es obligatorio, pero me sigue pareciendo algo más que recomendable.