lunes, 14 de noviembre de 2016

Sobre la poesía


            Recupero este escrito que redacté en marzo del presente (aunque por poco tiempo) año, 2016. No lo publiqué en su momento por varias razones todas con el mismo punto común: el pudor. La primera: me dio pudor publicar un comentario sobre la obra de la que hablo aquí. Hasta donde yo sabía no había habido comentarios a gran escala sobre ella (hoy día si los hay y muy recomendables), y yo no quería ser la referencia de nadie que buscara el libro, recién sacado del horno, para ver si leerlo o no o que mi escrito dejara algo de prejuicio sobre la obra, no. Quería esperar a que los que se dedican a ello de forma profesional lo hicieran. Esta entrada es muy personal y es una opinión más como tantas otras que se vuelcan en internet. Yo, como digo más abajo, no tengo ningún criterio para dar consejos sobre qué leer o no, y menos de poesía, lo que viene a dar la segunda razón de que me diera pudor publicarlo. La tercera: bueno, lo hablaré, si llega el caso, con quien tenga que hablarlo.

No he modificado muchas cosas, algunas sí porque introducían debates que, o bien retomaré en otros escritos, o bien, no vienen al caso. ¿Por qué lo publico ahora? Me he topado con el escrito por casualidad… y he decidido releerlo. No me parecía mal lo que puse por escrito en su momento y pasado el tiempo de reposo necesario de una opinión, he visto que sigue coincidiendo con la de entonces y me apetecía hablar sobre gustos y sobre arte y sobre cómo aparecen cosas que nos sorprenden y nos hacen tener conversaciones con nosotros mismos más profundas de lo habitual. Reproduzco el texto de entonces.

            Estreno las entradas del 2016 con una confesión (iba a ser la primera entrada, pero puede que sea incluso la última de este año, quién sabe): la poesía no me llena y a veces incluso no me gusta. No es que no me guste de forma radical, no, pero no me llena o llega como lo hacen otras ramas de la literatura u otras artes. Tengo una insensibilidad que incluso a mí me llega a preocupar a veces. Aunque también es cierto que no es a toda la poesía. Mi gusto se circunscribe a unos autores muy determinados y a unos poemas muy determinados, que han sabido mover todo aquello que solo las artes pueden hacerte mover: emocionarme, alegrarme, entristecerme o hacerme reír hasta llorar, etc. Las artes tienen una capacidad increíble para sacar sentimientos y emociones aparentemente de la nada, con una frase te transportan hasta lo más profundo de tu ser o hasta el mundo más lejano; unas cuantas notas y acordes saltarines, un montón de colores arremolinados formando figuras, una escultura que te mira intensamente y parece querer hablarte a ti y solo a ti. Como digo, las artes tienen esa capacidad de hacer sentir cosas sin necesidad de entenderlas del todo y no nos exigen mucho esfuerzo, incluso lo más sencillo nos puede llevar a ese estado de emociones palpitantes. Y lo que más me gusta de ellas, son universales, son humanas y a todos nos recoge en lo más general de su existencia. No hay un rincón del mundo en el que no haya música, da igual de qué tipo. No he conocido a nadie que me diga “no me gusta la música”, de uno u otro modo, te llega. Aunque a algunos nos gustan unas artes más que otras, supongo que es lo más normal del mundo.

            Pero voy a lo que voy, la poesía. Como decía, la poesía es uno de esos aspectos de mi gusto que me gustaría poder cambiar. Tampoco me agobio demasiado porque sé que cuando tiene que llegar algo que me guste llegará. En ese club de poetas selectos de Andrea se encuentran: Quevedo, Góngora, Bécquer, Espronceda, alguno de Neruda y Machado, y sobre todo y por encima de todos, Federico García Lorca. Me diréis, claro, los típico-tópicos, no has ido muy lejos, pues sí, es lo que hay. Supongo que hay alguno más, pero ahora no me viene a la cabeza.

            Mis acercamiento a la poesía se ha producido en el instituto y de forma totalmente obligada, porque no me ha llamado jamás la atención esta forma de literatura. Recuerdo que en primero de la ESO nos pidieron hacer un poema sobre el mar (¡sorpresa!). Bueno, me costó horrores ser capaz de hacer cuatro versos, (no di para más) y que rimaran, porque eso sí, la poesía o rima o no es poesía. Estoy de broma, sé que no es así, sé que no tiene que rimar, que no todos responden a estructuras cerradas, sé, incluso, de la existencia de los haiku que se han puesto ahora tan de moda. Normalmente me deja fría, indiferente, es excepcional que un poema entre en mí y produzca los mismos efectos que una canción, una novela o un cuadro, pero a veces ocurre y cuando ocurre produce algo muy especial en mí, y hoy vengo a hablar de la última incorporación al club de poetas selectos de Andrea: Guillermo López Gallego.

            Supongo que en “una de sus habituales búsquedas de noticias sobre si mismo” encontrará esto, o alguien se lo hará llegar, o permanecerá esto en el anonimato para siempre, quién sabe. Sea como sea, don Guillermo, bienvenido al club. No es muy grande ni prestigioso, es más, es incluso irrelevante más allá de la persona que lo dirige y organiza, pero no tiene cuota de entrada ni de permanencia ni nada, tampoco sé si uno se puede ir libremente, no se ha dado el caso.  Supongo que el mérito reside en que ha conseguido llegar a alguien que muestra mucha frialdad ante la poesía.

 Vuelvo a dirigirme a los pocos lectores del blog. Guillermo López Gallego acaba de sacar ( de marzo a noviembre hay un trecho) un librito amarillo llamado Afro, de la editorial Pre-Textos. He de reconocer algo… cuando vi que salía el libro me mostré escéptica. Ya leí el anterior, El faro, y bueno, es bonito y probablemente al que entienda de poesía o tenga un mínimo de sensibilidad normal hacia la poesía le parecerá bueno, porque estoy segura de que lo es, pero yo no lo entendí del todo y es poesía y no (creo que debería darme otra oportunidad y leerlo de nuevo). Mi confirmación de que el problema no es el libro ni el autor, sino yo, ha llegado con este librito del que he hablado arriba. El autor es el mismo, el tamaño parecido, el tipo de poesía idem… pero el tema cambia y yo lo he entendido mejor. De todas formas no todo es comprensión. Uno puede comprender la historia de una novela y no sentir absolutamente nada mientras la lee, por tanto, reside en la capacidad del autor para manejar las palabras el que su obra altere, mueva, conmueva, o lo que sea, al lector. Iba a añadir que es necesario que el lector tenga también una predisposición positiva, pero ya he hablado de lo que me pasa con la poesía, así que no es tan absolutamente necesario. De hecho creo que cuando la predisposición es de cautela y suspicacia y uno se lleva una sorpresa es incluso más agradable el resultado.

He leído Afro y me ha dejado impresionada. No solo es bello, es intenso y desolador. Me ha dejado bastante reflexiva y con sentimientos encontrados. Me ha emocionado y me ha dejado perpleja y al mismo tiempo pensando: “es bonito ¿por qué me parece bonito? No debería parecérmelo ¿o sí? Lo bello es la forma, las palabras, no quizá tanto lo que cuenta sino cómo lo cuenta ¿pero, son bello o bonito las palabras que debo utilizar? ¡NO SÉ!”. Me ha gustado, mucho y ha levantado esa ola de sentimientos que parte aparentemente de la nada que me han arrollado. Creo que el único que ha sido capaz de hacerme sentir algo parecido en poesía es Lorca con el Romancero Gitano. Soy consciente de que es muy personal y subjetivo, seguramente haya gente que lo lea y no le diga nada, como me pasa a mí con otros, pero me ha gustado y me ha hecho plantearme muchas cosas y empatizar con el protagonista y autor del libro.

No puedo hacer una crítica del libro, no puedo hablar de lo más técnico, ni analizarlo, ni nada por el estilo, ni lo pretendo. Si lo hiciera pecaría de una soberbia que no me corresponde, anda muy liada en otros sitios. Solo decir eso, que me ha llegado y me ha llenado.



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