Recupero este
escrito que redacté en marzo del presente (aunque por poco tiempo) año, 2016.
No lo publiqué en su momento por varias razones todas con el mismo punto común:
el pudor. La primera: me dio pudor publicar un comentario sobre la obra de la
que hablo aquí. Hasta donde yo sabía no había habido comentarios a gran escala
sobre ella (hoy día si los hay y muy recomendables), y yo no quería ser la
referencia de nadie que buscara el libro, recién sacado del horno, para ver si
leerlo o no o que mi escrito dejara algo de prejuicio sobre la obra, no. Quería
esperar a que los que se dedican a ello de forma profesional lo hicieran. Esta
entrada es muy personal y es una opinión más como tantas otras que se vuelcan
en internet. Yo, como digo más abajo, no tengo ningún criterio para dar
consejos sobre qué leer o no, y menos de poesía, lo que viene a dar la segunda
razón de que me diera pudor publicarlo. La tercera: bueno, lo hablaré, si llega
el caso, con quien tenga que hablarlo.
No he
modificado muchas cosas, algunas sí porque introducían debates que, o bien
retomaré en otros escritos, o bien, no vienen al caso. ¿Por qué lo publico
ahora? Me he topado con el escrito por casualidad… y he decidido releerlo. No
me parecía mal lo que puse por escrito en su momento y pasado el tiempo de
reposo necesario de una opinión, he visto que sigue coincidiendo con la de
entonces y me apetecía hablar sobre gustos y sobre arte y sobre cómo aparecen
cosas que nos sorprenden y nos hacen tener conversaciones con nosotros mismos
más profundas de lo habitual. Reproduzco el texto de entonces.
Estreno las entradas del 2016 con una
confesión (iba a ser la primera entrada, pero puede que sea incluso la
última de este año, quién sabe): la
poesía no me llena y a veces incluso no me gusta. No es que no me guste de
forma radical, no, pero no me llena o llega como lo hacen otras ramas de la
literatura u otras artes. Tengo una insensibilidad que incluso a mí me llega a
preocupar a veces. Aunque también es cierto que no es a toda la poesía. Mi
gusto se circunscribe a unos autores muy determinados y a unos poemas muy
determinados, que han sabido mover todo aquello que solo las artes pueden
hacerte mover: emocionarme, alegrarme, entristecerme o hacerme reír hasta
llorar, etc. Las artes tienen una capacidad increíble para sacar sentimientos y
emociones aparentemente de la nada, con una frase te transportan hasta lo más
profundo de tu ser o hasta el mundo más lejano; unas cuantas notas y acordes
saltarines, un montón de colores arremolinados formando figuras, una escultura
que te mira intensamente y parece querer hablarte a ti y solo a ti. Como digo,
las artes tienen esa capacidad de hacer sentir cosas sin necesidad de
entenderlas del todo y no nos exigen mucho esfuerzo, incluso lo más sencillo
nos puede llevar a ese estado de emociones palpitantes. Y lo que más me gusta
de ellas, son universales, son humanas y a todos nos recoge en lo más general
de su existencia. No hay un rincón del mundo en el que no haya música, da igual
de qué tipo. No he conocido a nadie que me diga “no me gusta la música”, de uno
u otro modo, te llega. Aunque a algunos nos gustan unas artes más que otras,
supongo que es lo más normal del mundo.
Pero voy a lo que voy, la poesía.
Como decía, la poesía es uno de esos aspectos de mi gusto que me gustaría poder
cambiar. Tampoco me agobio demasiado porque sé que cuando tiene que llegar algo
que me guste llegará. En ese club de poetas selectos de Andrea se encuentran:
Quevedo, Góngora, Bécquer, Espronceda, alguno de Neruda y Machado, y sobre todo
y por encima de todos, Federico García Lorca. Me diréis, claro, los
típico-tópicos, no has ido muy lejos, pues sí, es lo que hay. Supongo que hay
alguno más, pero ahora no me viene a la cabeza.
Mis acercamiento a la poesía se ha
producido en el instituto y de forma totalmente obligada, porque no me ha llamado
jamás la atención esta forma de literatura. Recuerdo que en primero de la ESO
nos pidieron hacer un poema sobre el mar (¡sorpresa!). Bueno, me costó horrores
ser capaz de hacer cuatro versos, (no di para más) y que rimaran, porque eso
sí, la poesía o rima o no es poesía. Estoy de broma, sé que no es así, sé que
no tiene que rimar, que no todos responden a estructuras cerradas, sé, incluso,
de la existencia de los haiku que se han puesto ahora tan de moda. Normalmente
me deja fría, indiferente, es excepcional que un poema entre en mí y produzca
los mismos efectos que una canción, una novela o un cuadro, pero a veces ocurre
y cuando ocurre produce algo muy especial en mí, y hoy vengo a hablar de la
última incorporación al club de poetas selectos de Andrea: Guillermo López
Gallego.
Supongo que en “una de sus habituales búsquedas de
noticias sobre si mismo” encontrará esto, o alguien se lo hará
llegar, o permanecerá esto en el anonimato para siempre, quién sabe. Sea como
sea, don Guillermo, bienvenido al club. No es muy grande ni prestigioso, es
más, es incluso irrelevante más allá de la persona que lo dirige y organiza,
pero no tiene cuota de entrada ni de permanencia ni nada, tampoco sé si uno se
puede ir libremente, no se ha dado el caso.
Supongo que el mérito reside en que ha conseguido llegar a alguien que
muestra mucha frialdad ante la poesía.
Vuelvo a dirigirme a los pocos
lectores del blog. Guillermo López Gallego acaba de sacar ( de marzo a noviembre hay un trecho) un librito amarillo
llamado Afro, de la editorial Pre-Textos. He de reconocer algo… cuando vi que
salía el libro me mostré escéptica. Ya leí el anterior, El faro, y bueno, es bonito
y probablemente al que entienda de poesía o tenga un mínimo de sensibilidad
normal hacia la poesía le parecerá bueno, porque estoy segura de que lo es,
pero yo no lo entendí del todo y es poesía y no (creo que debería darme otra
oportunidad y leerlo de nuevo). Mi confirmación de que el problema no es el
libro ni el autor, sino yo, ha llegado con este librito del que he hablado arriba.
El autor es el mismo, el tamaño parecido, el tipo de poesía idem… pero
el tema cambia y yo lo he entendido mejor. De todas formas no todo es
comprensión. Uno puede comprender la historia de una novela y no sentir
absolutamente nada mientras la lee, por tanto, reside en la capacidad del autor
para manejar las palabras el que su obra altere, mueva, conmueva, o lo que sea,
al lector. Iba a añadir que es necesario que el lector tenga también una
predisposición positiva, pero ya he hablado de lo que me pasa con la poesía,
así que no es tan absolutamente necesario. De hecho creo que cuando la
predisposición es de cautela y suspicacia y uno se lleva una sorpresa es
incluso más agradable el resultado.
He leído Afro y me ha dejado
impresionada. No solo es bello, es intenso y desolador. Me ha dejado bastante
reflexiva y con sentimientos encontrados. Me ha emocionado y me ha dejado
perpleja y al mismo tiempo pensando: “es bonito ¿por qué me parece bonito? No
debería parecérmelo ¿o sí? Lo bello es la forma, las palabras, no quizá tanto
lo que cuenta sino cómo lo cuenta ¿pero, son bello o bonito las palabras que
debo utilizar? ¡NO SÉ!”. Me ha gustado, mucho y ha levantado esa ola de
sentimientos que parte aparentemente de la nada que me han arrollado. Creo que
el único que ha sido capaz de hacerme sentir algo parecido en poesía es Lorca
con el Romancero Gitano. Soy consciente de que es muy personal y subjetivo,
seguramente haya gente que lo lea y no le diga nada, como me pasa a mí con
otros, pero me ha gustado y me ha hecho plantearme muchas cosas y empatizar con
el protagonista y autor del libro.
No puedo hacer una crítica del libro, no
puedo hablar de lo más técnico, ni analizarlo, ni nada por el estilo, ni lo
pretendo. Si lo hiciera pecaría de una soberbia que no me corresponde, anda muy
liada en otros sitios. Solo decir eso, que me ha llegado y me ha llenado.
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